miércoles, noviembre 21, 2007

Concepción y Método en Max Weber

Un trabajo que nos da un panorama poco usual, por lo comprehensivo, así, con "h", de las concepciones y métodos de Max Weber. Relaciona ciertos trabajos con su obra final, Economía y Sociedad, y habilita una lectura con sentido lógico. Las características del método en Weber (comprender, interpretar y explicar) son aplicables a toda investigación.

En:

http://www.alcoberro.info/V1/weber.htm

INTRODUCCIÓN A MAX WEBER (1864-1920)

- UN CONTEXTO CULTURAL
- SOCIOLOGÍA DESPUÉS DE MARX Y NIETZSCHE
- CARACTERÍSTICAS DE UNA SOCIOLOGÍA DE LA ACCIÓN
- TRES MOMENTOS EN UN MÉTODO: COMPRENDER, INTERPRETAR, EXPLICAR
- CUATRO CONSTANTES WEBERIANAS
- «LA ÉTICA PROTESTANTE Y EL ESPÍRITU DEL CAPITALISMO»: ELEMENTOS PARA UNA LECTURA
- RELIGIÓN Y ORGANIZACIÓN SOCIAL
- EL DESENCANTAMIENTO DEL MUNDO
- DOMINACIÓN Y ACCIÓN POLÍTICA
- DOMINIO, OBEDIENCIA Y LEGITIMIDAD
- LA BUROCRACIA
- ÉTICA Y POLÍTICA COMO FORMAS DE TRAGEDIA
- LA ÉTICA DE WEBER: RESPONSABILIDAD Y CONVICCIÓN
- A MANERA DE CONCLUSIÓN


UN CONTEXTO CULTURAL

Max WEBER nació el 21 de abril de 1864 y murió el 14 de junio de 1920. Tal vez estas fechas digan poco a un lector del siglo 21, pero situándolas en su contexto histórico, se verá que fue testimonio de la creación del Imperio (1871), de su hundimiento (1918) y del nacimiento de la República de Weimar (1919) a la redacción de cuya constitución contribuyó decisivamente. A lo largo de su vida conoció dos guerras nacionales (1866 y 1870), una guerra mundial (1914-1918) y tres revoluciones (las de 1905 y 1917 en Rusia y 1918 en Alemania). Su disección de la sociedad burguesa es, pues, también una consecuencia de su conocimiento vivo de la historia y de su experiencia inmediata de la transformación del mundo cultural que había sido el de los grandes propietarios latifundistas prusianos aburguesados [Junkers] y acabará siendo el de las tensiones obreras y el ascenso de la socialdemocracia.

Nacido en la burguesía intelectual liberal (su padre era jurista y diputado) en el seno de una complicada familia de intelectuales y empresarios y formado en la brutal “cárcel de hierro” de la Universidad de su época –que le provocó sus conocidas depresiones y una muerte prematura a los 56 años– WEBER es testimonio del análisis de la concentración industrial [Konzern] y de las consecuencias ideológicas de la modernidad económica que hereda tanto como transforma radicalmente el viejo panorama ideológico protestante. Su análisis de la religión, de la política y de las formas de legitimación son indisociables del cambio que experimenta Alemania, y casi Europa occidental entera, entre 1864 y 1920.

Como sociólogo, WEBER ofrece un testimonio de primera mano sobre la crisis de la tradición prusiana (aristocrática, autoritaria, patriarcal) y el surgimiento de los Estados modernos (de democracia representativa, burocráticos, legal-racionales, etc.). La Alemania de su tiempo vive unos cambios sociales, históricos y culturales profundos que harán posible que, por primera vez, la modernidad tome conciencia de sus límites y de la distancia entre su marco jurídico y la realidad social. Ese proceso, que él denominó «racionalización del mundo», no puede pensarse sin tensiones y contradicciones y constituye el tema básico o el hilo conductor de toda su obra. WEBER fue capaz de ver hasta qué punto la racionalidad formal de la empresa, del derecho o del estado es inseparable de, y tiene en su vértice, la irracionalidad del dominio carismático y de la burocracia, expresión de una racionalización que se ha vuelto irracional:

«Junto con la máquina sin vida [la burocracia] está realizando la labor de construir la moralidad de la esclavitud del futuro en la cual quizá un día han de verse los hombres, como los “felagas” en el estado egipcio antiguo– obligados a someterse, impotentes a la opresión, cuando una administración puramente técnica y buena, es decir, racional, una administración y provisión de funcionarios, llegue a ser para ellos el último y único valor, el valor que debe decidir sobre el tipo de solución que ha de darse a sus asuntos».

WEBER se nos aparece casi un notario de estos cambios y como el narrador de la nueva concepción del poder, de lo sagrado y de la máquina que surge de la conciencia europea de su momento, y que, en buena parte, perdura en los tiempos posteriores.

Así cuando nos describe la personalidad carismática, convendría no olvidar que él es un contemporáneo de Bismarck, unificador de Alemania (1866-1871) y autor de las primeras políticas sociales modernas (1883-1889). Y cuando se leen sus trabajos sobre LA ÉTICA PROTESTANTE Y EL ESPÍRITU DEL CAPITALISMO (1904-1905), habría que tener a mano novelas como LOS BUDDENBROOKS de Thomas Mann (1901) donde se narra la decadencia de la vieja burguesía rigorista y protestante, substituida por una nueva burguesía arribista y mercantil.

WEBER fue un personaje complejo, por enciclopédico, e incluso por mal editado: la manipulación póstuma que su mujer, Marianne, ejerció sobre su obra –destrucción de manuscritos incluida– deja pequeña a la de la hermana de Nietzsche; se trata, además, un personaje psicológicamente atribulado, con unas complicadas relaciones familiares y acosado por la depresión, que le dejó “fuera de juego” en la Universidad entre 1897 y 1918, aunque practicase –cuando la salud lo permitía– el famoso “ocio eficaz” de los universitarios alemanes. La confidencia, que debemos a su esposa, según la cual no logró consumar su matrimonio hasta los 44 años (se había casado con 29), nos muestra hasta que punto era un individuo emocionalmente complicado. Y no debieran pasarse de largo sus obvios fracasos políticos, incluyendo el de la constitución de la República de Weimar que inspiró –y lo que ello pudo ayudar al posterior auge del nazismo. Pero su obra, tomada como “Corpus”, más que discutida y discutible en los detalles empíricos, inicia una manera de hacer sociología y de comprender la acción social que vale en tanto que clásica.

SOCIOLOGÍA DESPUÉS DE MARX Y NIETZSCHE

Max WEBER murió en 1920, Durkheim lo había hecho en 1917 y Simmel en 1918. Es demasiado simple convertir a estos tres pensadores, y particularmente a WEBER, en una especie de “anti-Marx” –o de reconstructores del pensamiento burgués– como ha sido tópico en el contexto ibérico. Más bien debiera considerarse a WEBER como el autor que ha comprendido hasta qué punto la “filosofía de la sospecha”, por usar una etiqueta bastante anacrónica, tiene razón en lo que critica pero es, a la vez, impotente por lo que propone. Según parece, WEBER habría confesado a Spengler, en febrero de 1920, que: «La honestidad de un intelectual puede medirse por su actitud frente a Marx y Nietzsche (...) El mundo en que existimos intelectualmente nosotros mismos es en gran parte un mundo formado por Marx y Nietzsche». Su proyecto no pretende, pues, la reconstrucción, sino la revisión de lo dicho por los maestros de la sospecha. Precisamente porque Marx y Nietzsche llevan a un callejón sin salida –porque son geniales y ciegos a la vez– es necesario asumirlos como ellos mismos, en su mejor momento, hubiesen querido: sin escolástica, pero sin perdonarles por estar vivos; sin menosprecio pero sin sumisión.

WEBER como pensador resume las tradiciones políticas de la Alemania de su época: fue liberal, se implicó en el pensamiento social cristiano y terminó en el Deutsche Demokratische Partei en 1919, después de haber estado vinculado a la socialdemocracia, que le desagradaba por burocrática; no pretende transformar el mundo pero comparte con Marx un enfoque metodológico básico: el de explicar las sociedades como un conjunto de estructuras y de prácticas sociales colectivas. Y lo hace con una perfecta distancia, o “neutralidad axiológica” si se prefiere, en lo que se refiere a las consideraciones morales. Así, en 1892 podía escribir, por ejemplo, que: «... desde el punto de vista de la razón de estado; éste no es para mí un problema referente a los obreros agrícolas, no pregunto si viven bien o mal y cómo se los puede ayudar». Podríamos encontrar textos de Marx sobre la situación de los obreros en la India que no estaría demasiado lejos de este enfoque.

Temas como el análisis del capitalismo y de la burocratización, e incluso la cosificación de las relaciones humanas, se hallan en Marx tanto como en WEBER. Sin embargo lo que les separa es obvio: WEBER no acepta el reduccionismo de la hipótesis central del marxismo, la primacía del sólo factor económico para explicar el capitalismo. La alternativa weberiana es bien conocida: si el capitalismo ha triunfado se debe no a la plusvalía ni al maquinismo, sino a la eficiencia social de unos valores encarnados por la ética, protestante, que ha hecho del trabajo un estilo de vida que va mucho más lejos del puro elemento económico e impregna todas nuestras acciones.

La segunda influencia crucial la recibió de Nietzsche. WEBER descubre en él la idea fundamental de su sociología: el lugar central que ocupan los valores, su papel fundador de la conciencia social que es, a la vez, conciencia moral. Nietzsche muestra a WEBER que los valores no son eternos y que lo fundamental para un sociólogo es comprender como determinados valores se han convertido en tópicos, hasta volverse incluso incapaces de identificarse como tales: es la aquiescencia social, el contexto histórico y la utilidad de los valores para fundar estilos de vida lo que nos ofrece el criterio para comprender cómo funciona y como se articula una acción social. Se ha podido decir que WEBER realiza empíricamente el programa de LA GENEALOGÍA DE LA MORAL. Pero encontraremos entre ambos una diferencia crucial: Nietzsche quiere «transvalorar», cambiar el signo de los valores; en cambio, lo que WEBER pretende es comprender la influencia indirecta de los valores sobre la vida y sobre la formación social, pero sin erigirse en juez. Los valores son “racionales”, incluso más racionales que los intereses económicos, y por ello la actitud axiológica de neutralidad es más conveniente que la del juicio moral o, peor aún, moralizante.

CARACTERÍSTICAS DE UNA SOCIOLOGÍA DE LA ACCIÓN

WEBER fue un autor enciclopédico, capaz, por ejemplo, de escribir dos tesis sobre derecho comercial en las ciudades italianas (1889) y sobre historia agraria de Roma, considerada en su relación con el derecho público y privado (1891). De ahí su agudo sentido de la historia, que lo enfrenta a la Escuela marginalista austríaca de Carl Menger (1840-1921) a la que consideraba sólo capaz de enunciar reglas abstractas. Pero fue también un empirista, capaz de realizar encuestas sobre el terreno, como la que dedicó a la situación de los trabajadores agrícolas del este del Elba (1892) y la estudió a los obreros industriales alemanes (1908). Sin embargo, WEBER no se limita al empirismo lato. Considera, más bien, necesario elaborar conceptos teóricos que permitan dar cuenta de las realidades sociales, desde un punto de vista dinámico.

No es función de la sociología establecer leyes de la «ciencia de la cultura», el sentido que, por ejemplo la entendía Wilhelm Dilthey (1833-1911) cuando distinguía entre explicación [erklären], propia de las ciencias naturales y comprensión [verstehen], propia de las ciencias sociales. A las ciencias sociales no les corresponde un estatuto minorizado. La sociología es una ciencia histórica que debe apartarse de toda clase de dualismos y, en consecuencia, no hay que fundar tampoco su método a partir de las ciencias de la naturaleza, como pretendían los positivistas. Lo que WEBER entendía por “acción social” se puede resumir en un párrafo de su propia obra:

«La sociología interpretativa o comprensiva considera al individuo y su acción como su unidad básica. Como su átomo, si puedo permitirme emplear excepcionalmente esta discutible comparación. Desde esta perspectiva, el individuo constituye también el límite superior y es el único depositario de una conducta significativa... En general, en sociología, conceptos tales como «estado», «asociación», «feudalismo», etc., designan categorías determinadas de interacción humana. En consecuencia la teoría de la sociología consiste en reducir estos conceptos a «acciones comprensibles», es decir, sin excepción, aplicables a las acciones de hombres individuales participantes».

Los dos conceptos que permiten comprender el desarrollo de la sociología weberiana son los de «actor socializado» y «acción instituida»; ambos permiten superar el tópico del “individualismo sociológico” que, como veremos, es más complejo de lo que su explicación elemental sugiere.

Hablar de «actor socializado», sugiere que el individuo forma parte de una serie de redes de relaciones sociales, fuera de las cuales no puede ser comprendido. El punto de vista del «actor socializado», es decir, la comprensión que los propios actores tienen de su propia función es sociológicamente fundamental. Esos actores, organizados, son la base de toda acción social.

WEBER distingue entre “clases sociales”, “grupos de estatus” y “partidos políticos”, estratos distintos que corresponden respectivamente a los órdenes económico, social y político.

Así, a diferencia de Marx, en WEBER las clases son únicamente una de las formas de la estratificación social, atendiendo a las condiciones de vida material, y no constituyen un grupo consciente de su propia unidad más allá de ciertas condiciones de vida.

Los “grupos de estatus” se distinguen por su modo de consumo y por sus prácticas sociales diferenciadas que dependen a la vez de elementos objetivos (nacimiento, profesión, nivel educativo) y de otros puramente subjetivos (consideración, reputación...). Estos “grupos de estatus” se distinguen unos de otros por estilos o “modos de vida” (concepto que hay que comprender por oposición a “nivel de vida”).

Finalmente, los “partidos políticos” expresan y unifican en forma institucional intereses económicos y estatus sociales comunes, aunque su creación puede fundamentarse también en otros intereses (religiosos, éticos, etc...).

Este análisis tridimensional pone de relieve que en las sociedades modernas hay diversos criterios de jerarquización de los grupos sociales. Entre los diversos modos de pertenencia a un grupo, el “grupo de estatus” posee una especial relevancia: es ahí donde se adquieren y se comparten los valores, las normas de comportamiento y las prácticas significativas que los especifican. Una teoría de la acción social debe dar cuenta, en consecuencia, de la forma como unos individuos interaccionan con otros para modificar sus comportamientos; lo que no necesariamente se produce de forma racional...

De ahí que la sociología deba dar cuenta también de la «acción instituida» que es algo más que la pura “elección racional” del supuesto individualismo metodológico. La elección de los valores, que incumbe al individuo, se refiere implícitamente a su “grupo de estatus”. Promocionar, o no, determinados valores depende de un grupo que siempre es institucional.

Si hablamos de un actor socializado y una acción instituida es porque la elección de valores de los individuos es social, elaborada en instituciones que de por sí son jerárquicas. La conformidad o disconformidad respeto a una regla constituye al individuo. De hecho actuar según la regla equivale a ser instituido por ella. Pero es el individuo, y no una totalidad “holística”, lo que explica la acción. Más que elaborar teorías holísticas, que por su alto nivel de generalización no explican nada, de lo que se trata es de elaborar un pensamiento complejo sobre el individuo. Lo instituido se expresa en su actor.

El individualismo metodológico no debe confundirse, pues, con el individualismo social, propio de algunas sociedades liberales que animan a ser “diferentes”; ni con el individualismo ético que se opone al “colectivismo”. Ambos ven al individuo como enfrentado al grupo, o “des/socializado”, mientras que el individualismo metodológico se ejerce en el contexto de una sociedad y de unas instituciones.

TRES MOMENTOS EN UN MÉTODO

WEBER en la famosa primera frase de ECONOMÍA Y SOCIEDAD, define la sociología como: «... una ciencia que se propone comprender por interpretación [deutend verstehen] la actividad social interpretándola, y a partir de ahí explicar causalmente [ursächlich erklären] su desarrollo y sus efectos».

De aquí se derivan las tres etapas de toda sociología: comprensión, interpretación y explicación, que no han de considerarse como peldaños de una escalera sino como formas de análisis convergentes de la realidad social, sin que quepa considerar a una “superior” a otra.

«Comprender» la acción social significa optar por la “neutralidad axiológica”, tanto por razones morales como por la propia especificidad de la teoría. No es necesario ponerse en la piel de los actores sociales para comprenderles, o como dice en ECONOMÍA Y SOCIEDAD: «No es necesario ser Cesar para comprender a Cesar». Ningún científico social tiene derecho a aprovecharse de su situación para hacer ostentación de sus sentimientos particulares. Y, por el mismo hecho de que en ciencias sociales es imprescindible seleccionar cuidadosamente los materiales, la neutralidad axiológica es imprescindible para el buen resultado del análisis. Sin neutralidad axiológica no hay comprensión científica de la sociedad.

Como él mismo definió en un artículo póstumo (1927):

«No conocemos ideales que puedan demostrarse científicamente. Seguramente, la tarea más ardua es trazar la raya desde nuestro propio pecho en un periodo cultural que es tan subjetivo. Pero no tenemos ningún paraíso soñado, ni ninguna calle de oro que ofrecer ni en este mundo ni en el próximo; ni en el pensamiento ni en la acción; y es un estigma de nuestra dignidad humana que la paz de nuestras almas no pueda ser nunca tan grande como la paz de aquel que sueña en tal paraíso»

La ausencia de espíritu doctrinario, la renuncia a transformar la sociedad para lograr interpretarla ha de ser paralela a la apasionada exigencia de lucidez en el análisis. Como se verá la «ética de la responsabilidad» surge de la exigencia de comprensión por encima del prejuicio y de la utopía.

«Interpretar» la acción social llega a ser posible mediante la construcción de “ideales tipo” [Idealtipen – palabra también traducida por: “tipos ideales”, o “tipologías”]. Un “ideal tipo” es una construcción abstracta, de estatuto provisional, susceptible de ordenar el caos, la infinita diversidad de lo real. No expresan “la” verdad, que en tanto que concepto substancial es un ideal vano, sino uno de sus aspectos, a través de acentuar los rasgos cualitativos de una realidad. Su valor es, pues, utilitario, en tanto que permite una mayor inteligibilidad de lo real. El “ideal tipo” coincide con una «imagen mental obtenida por racionalizaciones de naturaleza utópica», es decir, sin contenido empírico, que retoma la distinción kantiana entre el “concepto” [verdad] y lo “real” [realidad]. Se trata así de evitar tanto la confusión positivista entre verdad y realidad cuanto la dimisión conceptual del puro relativismo empirista. En sus propias palabras:

«Se obtiene un “ideal tipo” al acentuar unilateralmente uno o varios puntos de vista y encadenar una multiplicidad de fenómenos aislados –difusos y discretos – que se encuentran en mayor o menor número y que se ordenan según los precedentes puntos de vista elegidos unilateralmente para formar un cuadro de pensamiento homogéneo».

El concepto de “ideal tipo” sirve a WEBER para superar la contradicción entre la subjetividad inherente a la selección de materiales que debe plantear cualquier sociólogo y la objetividad que se exige a sí mismo en tanto que científico que debe actuar desde parámetros de “neutralidad axiológica”. Y todavía más, el “ideal tipo” es una herramienta a través de la cual se supera la contradicción entre los hechos históricos singulares y la generalización a que obligan las reglas sociales. Finalmente, un “ideal tipo” es también útil para la reconstrucción racional de las conductas sociales. WEBER los usa tanto para su sociología de la acción (tipos de racionalidad), como para su sociología económica (tipos de capitalismo), su sociología de las religiones y su sociología política (tipos de dominación).

«Explicar» significa, en palabras de WEBER, establecer «juicios de imputación histórica» que, a diferencia de lo que ocurre en Marx, implican un pluralismo causal. Es importante establecer que un mismo fenómeno puede ser explicado de formas muy diversas. Debe, pues, tenerse muy presente, en la medida que concierne a la teoría Weberiana del “espíritu del capitalismo”, que el propio WEBER tenía más que reservas ante la sobrevaloración, atribuida a sus intérpretes, del papel de la ética religiosa sobre el famoso “espíritu”. Esta explicación no debiera generalizarse, ni universalizarse más allá de un contexto histórico muy concreto, fuera del cual no es válida –precisamente en la medida que sería monista, cuando lo que pretende WEBER es reivindicar el pluralismo. Habría que saber hasta que punto el pluricausalismo tiene que ver con la propia complejidad psicológica y las inseguridades de WEBER y hasta que punto se ha convertido después en un artefacto apto para garantizar el orden social cuando ciertas causalidades son incluso “demasiado” claras.

CUATRO CONSTANTES WEBERIANAS

Resulta complejo establecer períodos en la obra de un pensador como WEBER cuya obra, en gran medida, está condicionada por el sistema, francamente opresivo, de la Universidad germánica de su época. Un profesor nada convencional que muere a los 56 años y vive forzado a escribir sobre el Imperio chino, la agricultura tardoromana, los fundamentos racionales de la música, la historia comercial de la Edad Media, las sectas protestantes, la bolsa, el judaísmo antiguo y el formalismo en el derecho... difícilmente puede ser juzgado desde un planteamiento académico perfectamente convencional que distinga entre, por ejemplo, juventud y madurez en el sistema. En cualquier caso, WEBER es inmune a la fascinación de las filosofías de la historia, de las profecías sociales y del evolucionismo, que son las tentaciones más habituales de cualquier pensador social.

Por ello preferimos hablar de “constantes” que van apareciendo como un fondo en la obra de WEBER; hay algunos quasi-axiomas a lo largo de toda su obra y nos parece perfectamente asumible la continuidad de ciertas intuiciones básicas en sus textos principales.

1.- LA ESPECIFICIDAD DEL RACIONALISMO OCCIDENTAL

La especificidad del mundo occidental y de la modernidad está vinculada según WEBER a la «racionalización» y al «desencantamiento del mundo». Esos dos principios de acción social, que no se han dado en ninguna otra parte del planeta, se expresan de una forma especialmente significativa en la organización capitalista del trabajo y en el Estado burocrático moderno, con su énfasis en el criterio de eficacia. Algunos estudiosos de su obra sitúan ese descubrimiento hacia 1910 (en sus trabajos sobre la música) pero es obvio que se trata de una intuición que puede reencontrarse en sus obras mayores. Lo específico del racionalismo occidental es que su obra vincula formas económicas, estructuras sociales e instituciones políticas. No se trata de que WEBER sea “etnocéntrico”: como hemos dicho defiende metodológicamente el pluralismo causal; pero lo cierto es que el cúmulo de circunstancias que llevan a la racionalización en Occidente no surge en ningún otro lugar. Con todo, debe destacarse que WEBER nunca cree que exista ningún tipo de desarrollo lineal de las sociedades, ni que otras culturas deban “progresar” (concepto que tampoco asume) hacia el modelo occidental.

2.- LA ORDENACIÓN DE LA CONDUCTA Y CONSTRUCCIÓN DE UN “ORDEN VITAL” [LEBENSORDNUNG]

Un segundo gran tema weberiano es el de la forma como las religiones construyen el “ethos” de los individuos, es decir, el orden normativo interiorizado, que da forma a la conducta. Para WEBER es importante destacar que ese “ethos” no constituye algo puramente limitado a las ideas, sino que tiene consecuencias sociales y, además, no surge de individuos aislados sino de grupos que consideran su ética como un signo distintivo explícito en la acción social. Las relaciones sociales y las formas simbólicas no pueden ser separadas, y constituyen un orden vital que identifica a determinados “tipos ideales”. Mecanismos subjetivos y eficiencia social no sólo no resultan contradictorios, sino que se necesitan, y se explican, mútuamente. Esa es la intuición que subyace a LA ÉTICA PROTESTANTE Y EL ESPÍRITU DEL CAPITALISMO.

3.- LA TENSIÓN ENTRE RACIONALIDAD E IRRACIONALIDAD

Es uno de los temas básicos del mundo moderno. Una parte básica de los estudios históricos weberianos está orientada a mostrar cómo lo racional emerge de lo irracional, de manera que no resulta posible mantener una escisión entre ambos niveles; de hecho ni siquiera una pueden ser nítidamente diferenciados. Lo “irracional” fascina a su época: Freud, como Th. Mann i WEBER lo investigan –y se sienten atraídos por su estudio. Eso no significa que la obra Weberiana pueda confundirse con un “irracionalismo” sino que nos muestra lo extraordinariamente complejo, e incluso lo ambivalente, de la noción misma de racionalidad

4.- LA INFLUENCIA DE LAS DISPOSICIONES ÉTICAS

Es la otra gran constante del pensamiento social weberiano. La burguesía, además –y por encima– de ser un sistema económico, o una clase social con una serie de derechos jurídicos es un “ethos”, en ruptura con los principios tradicionales, centrada en la conciencia profesional y que sitúa el trabajo como valor central que da sentido a la vida. El “ethos” protestante puede parecer contradictorio –acumula riqueza pero mantiene la prohibición radical de disfrutarla– y constituye un ascetismo secular por oposición al ascetismo religioso. A través de la educación este “ethos” se acabará extendiendo a otros grupos sociales, incluidos los obreros, para convertirse en una especie de sentido común de las sociedades occidentales.

La ética calvinista, puritana y el espíritu capitalista, unidos estrechamente forman el núcleo del mundo moderno. «Una conducta vital caracterizada por un racionalismo práctico» –expresión que tomamos de su SOCIOLOGÍA DE LA RELIGIÓN (1920), es tan necesaria como una tecnología racional o como un derecho racional para la extensión del capitalismo. Para comprender la originalidad de WEBER tanto frente al marxismo como al marginalismo de Carl Menger, conviene recordar que para WEBER ha habido un capitalismo “no racional” (el de las ciudades de la Edad Media), por oposición al capitalismo racional, orientado por el mercado y por la racionalidad calvinista. De hecho, el capitalismo necesitó para triunfar que la familia dejase de ser el eje “no racional” de la sociedad y que –mediante procesos como la sociedad anónima por acciones– sea la empresa el modelo racional de la acción social. No puede, pues, explicarse el capitalismo ni por la pura lógica monetaria de la economía (Menger), ni por la lucha de clases (Marx) que, siendo elementos significativos, no agotan su pluralidad de significaciones.

«LA ÉTICA PROTESTANTE Y EL ESPÍRITU DEL CAPITALISMO»: ELEMENTOS PARA UNA LECTURA

A diferencia de Marx, WEBER no se interesa por el capitalismo en oposición a una (hipotética) sociedad socialista, sino como expresión de la especificidad del mundo occidental y de la racionalidad moderna. Para ambos el capitalismo es un hecho determinante en el destino del hombre, pero WEBER no ve una causalidad económica determinante en la historia, sino una sincronía de elementos, religiosos, económicos, éticos... que al entrecruzarse en un determinado momento dan origen a una determinada racionalidad capitalista. Éste es el tema de LA ÉTICA PROTESTANTE Y EL ESPÍRITU DEL CAPITALISMO (1904-1905) sobre el que luego volverá en LA ÉTICA ECONÓMICA DE LAS RELIGIONES MUNDIALES (1915-1920).

Lo que le importa en estos libros es explicar la «mentalidad económica», capaz de elaborar el “ideal tipo” capitalista, cuando la creación de riqueza se convierte en un imperativo moral. Hay un momento, más o menos datable en la época de Lutero, en que la palabra alemana “Beruf” (“vocación”) pierde su sentido religioso y se convierte en “profesión” o, mejor incluso, en una mezcla de ambas: “vocación” y “profesión”. El “ideal tipo” capitalista puede datarse, mejor incluso, en Benjamin Franklin cuando atesorar se convierte en una acción moral y usar a los otros humanos para hacer dinero llega a convertirse en una virtud.

Sería un error, un reduccionismo insostenible a partir de los textos de WEBER, limitar el nacimiento del capitalismo moderno a la sola extensión de la mentalidad calvinista. Es más correcto considerar que la racionalidad del capitalismo surge cuando la responsabilidad individual de los fieles, que originariamente se expresaba a través del examen de conciencia, que en principio es un mecanismo religioso, llega a convertirse en un sistema –una ascética– del autocontrol económico. Así, la racionalización de lo que en origen era una estructura religiosa se erige en principio unificador y organizador de la vida social. La vocación (ética, religiosa) y el oficio (actividad económica) se confunden como medios a través de los cuales se expresa –y se agradece– la bendición de Dios y se realiza el destino de los humanos.

La idea de predestinación calvinista (elección divina insondable) se realiza “en el mundo” mediante la prosperidad económica; que alguien “ha sido elegido” por la divinidad se hace palpable y concreto por el éxito en la actividad económica. WEBER comenta que «con su inhumanidad patética, esta doctrina [el puritanismo] había de tener como resultado en el ánimo de una generación que la vivió en toda su grandiosa consecuencia, el sentimiento de una inaudita soledad interior del hombre» (Segunda parte, cap. I). Ante la imposibilidad por alcanzar la certeza de su salvación [certitudo salutis], los individuos transfieren a la actividad económica las disposiciones éticas que en ellos había modelado su confesión religiosa. O como comenta WEBER: «Sólo el elegido tiene propiamente la “fe efficax”, sólo él es capaz –gracias a la “regeneratio” y a la consiguiente “santificatio” de su vida entera– de aumentar la gloria de Dios por la práctica de obras realmente, y no sólo aparentemente, buenas»; en definitiva, lo que se produce es una transferencia de la “eficacia” de la fe a la “eficiencia” en el negocio. La vocación que antaño se expresaba en el ámbito monástico se concreta, de ahora en adelante, en la multiplicación de los beneficios en el mercado. La «santidad en el obrar elevada a sistema», propia del luteranismo se encontraba “con” y “en” la economía moderna.

No hay pues, una infraestructura económica que determine la ideología, sino una mutua implicación de religión y comportamiento económico. Sin la doble existencia de condiciones materiales y de disposiciones morales y religiosas, el capitalismo no sería posible. La «ética metódicamente racionalizada» por el calvinismo converge con el ascetismo necesario para la expansión del capitalismo. Es la conjunción sincrónica de ambos elementos lo que crea una economía racional moderna. Hay que enseñar previamente a ahorrar para que, mediante la acumulación, pueda crecer el capitalismo. En palabras del propio WEBER:

«Según la voluntad inequívocamente revelada de Dios, lo que sirve para aumentar Su gloria no es el ocio, ni el goce, sino el obrar; por lo tanto, el primero y principal de todos los pecados es la dilapidación del tiempo: la duración de la vida es demasiado breve y preciosa para “afianzar” nuestro destino. Perder el tiempo en vida social, en cotilleo, en lujos, incluso dedicar al sueño más tiempo del indispensable para la salud –de seis a ocho horas, como máximo– es absolutamente condenable desee el punto de vista moral. Todavía no se lee, como en Franklin “el tiempo es dinero”, pero el principio tiene ya vigencia en el orden espiritual; el tiempo es infinitamente valioso, puesto que toda hora perdida es una hora que se roba al trabajo en servicio de la gloria de Dios».

Ello explica que sociedades como las mediterráneas (católico romanas u ortodoxas), las árabes o las asiáticas hayan tenido un aterrizaje tan azaroso en la modernidad. No es por algún problema en los dogmas sino por la falta de un “ethos”. Se precisa una gran dosis de racionalización y de «desencantamiento del mundo» para que el capitalismo pueda llegar a desarrollarse.

En el plano empírico sería fácil mostrar que algunos territorios católicos y muchos territorios protestantes no cumplen con las condiciones factuales de la hipótesis weberiana. Ya en su época se le criticó, además, la poca atención al componente judío de la mentalidad capitalista. Después de la 2ª Guerra Mundial, Hugh Trevor-Roper documentó que a finales del siglo XVI la autonomía política de las ciudades europeas se veía limitada a la vez por el conservadurismo de los príncipes luteranos y por el poder de los reyes de España y Francia. También Fernand Braudel (especialmente su clásico: «Civilización material, economía y capitalismo») muestra, sin lugar a dudas que fueron las ciudades italianas (católicas) las que vieron nacer las primeras concentraciones de capital comercial y bancario. Es a los humanistas italianos a quienes cabe dar el mérito de haber reflexionado por primera vez sobre el significado del capitalismo. En definitiva, LA ÉTICA PROTESTANTE Y EL ESPÍRITU DEL CAPITALISMO puede ser un libro fácilmente “falsable” desde el punto de vista empírico. Pero lo que parece asumido es que el capitalismo nació contra la lógica del mercado o, si se prefiere, poniendo la acumulación por delante del intercambio. Y esa «mentalidad económica» deducida de lo que no era en principio económico o ventajoso a nivel primario explica en gran parte su originalidad como sistema.

RELIGIÓN Y ORGANIZACIÓN SOCIAL

WEBER, según escribió su esposa Manrianne, confesaba «no tener oído musical para la religión». Luterano por formación, es obvio que prefería el rigorismo calvinista, cuya severidad e intransigencia traspasó a su conducta vital. Tal vez no estaría de más recordar, sin ser demasiado freudianos, que el calvinismo era también la religión de su madre. WEBER participó en diversos congresos de cristianismo social y se interesó por la acción social de la iglesia que, tanto para liberales como para pietistas, constituía la expresión más pura de la fe. Pero cuando aborda el estudio de las religiones, sea el judaísmo o el calvinismo, se impone a sí mismo una radical “neutralidad axiológica” y da muestras de una impresionante erudición histórica. Lo que le interesa es, básicamente, poner de relieve la relación entre religión y modernización y lo que denominó «desencantamiento del mundo», es decir, el proceso de racionalización en su crítica de la fe.

Lo primero que conviene dejar claro es que, para WEBER, la religión no puede ser rechazada como si se tratara de algo irracional. Incluso la magia de ayer, contra la que hoy lucha la racionalización, fue racional en su momento; y lo mismo puede decirse del monoteísmo frente al politeísmo y el animismo. Incluso los 10 mandamientos del judaísmo establecieron un mecanismo legalista racionalizador. Si la racionalidad y la irracionalidad existen conjuntamente en el seno de las religiones es porque el comportamiento religioso es, también, un tipo de acción social. Es interesante observar como en la Reforma, al tratar de eliminar los elementos mágicos de la creencia, no se consiguió romper con lo irracional. Al contrario, con la racionalización creciente lo irracional refuerza su intensidad.

WEBER distingue, en tanto que sociólogo, dos formas de religiosidad, con cuatro tipos que, una vez más, no deben leerse como evolutivos, o ascendentes, sino que existen simultáneamente:

· «ascetismo» (forma activa) que incide en el mundo y que puede darse como ascetismo monástico (monje, sacerdote) o “en el mundo” como ascetismo secular (calvinista emprendedor). De hecho, en el capitalismo, el ascetismo secular hunde sus raíces al monástico sin que eso signifique que haya tomado su forma. El concepto mismo de “industria” se origina en el ámbito monástico para pasar a significar algo plenamente distinto en el ámbito económico.

· «misticismo» (forma pasiva) que no pretende adaptarse al mundo. También tiene una forma “fuera del mundo” (la clausura) y otra más activa (puritanismo).

En su texto de 1920 «Consideraciones intermedias: teoría de los grados o orientaciones del rechazo religioso del mundo» [Zwischenbetrachtung - «Paréntesis teórico»] muestra cómo en la modernidad se produce una oposición progresivamente insoluble de la esfera religiosa respeto a otras esferas de valor. La religión deja de impregnar la economía, la política y la ciencia y se abre una creciente diferencia entre estos órdenes y el la esfera religiosa, hasta constituirse dos grupos de fuerzas progresivamente desvinculadas de ella: las de la actividad racional (economía y política) y las que pertenecen al nivel de lo irracional (estética y erótica). Lo paradójico es que también estética y erótica conocerán también irremisiblemente su proceso de racionalización en la medida en que se vuelvan autónomas (lo que de hecho sucedió con Freud, todo hay que decirlo). Es el estado burocrático e impersonal, y no la religión, el que juzga las contradicciones entre las diversas esferas de valores y marca su diferenciación y su autonomía relativa.

EL DESENCANTAMIENTO DEL MUNDO

Con la creciente intelectualización, el hombre moderno deja de creen en poderes mágicos. Pero al perderse el sentido profético se encuentra forzado a vivir en un mundo “desencantado”. Lo que denomina «irracionalidad ética del mundo» procede del antagonismo de valores ligado a la intuición fundamental de la infinita diversidad de la realidad misma. Por lo demás, el mundo moderno experimenta una gran dificultad para producir nuevos dioses o nuevos valores. La humanidad, o al menos la occidental, se halla en grave peligro de pasar de la irracionalidad ética a la «glaciación ética»; el supuesto politeísmo de los valores en una sociedad moderna no es más que la fachada bajo la que se oculta un indiferentismo hacia los valores, que ya no se confrontan entre sí. Bajo este pluralismo lo que sucede es una pura uniformización.

El concepto de «desencantamiento del mundo» [Entzauberung der Welt – traducible también por “pérdida de la magia” “desembrujo”...] permite un doble planteamiento. Por una parte constata el agotamiento del poder que antes poseyeron las religiones para determinar de manera significativa las prácticas sociales y para dotar de sentido la experiencia global del mundo. Pero además ofrece un criterio para evaluar el papel de la Ilustración. Esto es, sin embargo, una cuestión que conviene plantear en un contexto coherente. No se trata de un juicio, que sería contrario a la neutralidad axiológica, sobres si el movimiento de las Luces ha fracasado al no poder ofrecer una forma civil de esperanza al mundo. El desencantamiento del mundo, suscitado por el actual pluralismo de valores, no es imputable a la “racionalización” como tal sino a la forma racionalista de concebir la racionalización, que WEBER denomina «intelectualización».

Esta intelectualización obliga en nuestra época a reconocer que para encontrar un sentido a los conocimientos científicos del mundo, los humanos se enredan en un conflicto racionalmente insolucionable entre ideales incompatibles. Sólo las religiones tradicionales eran capaces de conferir al contenido de los valores culturales la dignidad de imperativos éticos incondicionales. Pero hoy las prácticas religiosas pertenecen al ámbito de lo privado. Las teodiceas y las promesas de salvación se substituyen por una ética individual; los controles sociales establecidos por una economía capitalista y un Estado burocrático no tienen la fuerza de la religión de antaño. Mientras que la religión podía definirse como una forma de acción colectiva portadora de sentido, en cambio la «intelectualización» está en el origen del «desencantamiento del mundo». La religión, que WEBER distingue claramente del “virtuosismo” sectario es un tema de este mundo y no del más allá que produce un “ethos” muy concreto; no es que exista algo así como una “lógica interna” de las religiones que conduce a una ética, sino que en la religión cristaliza de una manera muy específica el núcleo de intereses (materiales e ideales) que rigen la vida de los humanos. O, como se acostumbra a decir, la religión inserta lo extraordinario en la vida ordinaria.

DOMINACIÓN Y ACCIÓN POLÍTICA

Junto al estudio de la religión, el de la política es el otro ámbito central en WEBER; se acostumbra a recordar, cuando se trata este tema, que ya su padre fue una figura importante en el Partido liberal-nacional y que él mismo participó como delegado en el patético Tratado de Versailles y en la redacción de la constitución de la República de Weimar. Pero desde el punto de vista sociológico lo que le interesa es la acción pública y el orden político en cuanto “dominación”. Hay que establecer a las claras que para WEBER el poder reposa en la fuerza. Marsal cita un texto weberiano perfectamente claro a tal efecto: «[Poder es]la posibilidad de que una persona o un número de personas realicen su propia voluntad, en una acción comunal, incluso contra la resistencia de otros que participan en la acción». En LA POLÍTICA COMO PROFESIÓN esto queda perfectamente claro ya desde la segunda página:

«En última instancia –dice WEBER– sólo se puede definir el Estado moderno, sociológicamente, partiendo de su medio específico, propio de él así como de toda federación política: me refiero a la violencia física. “Todo estado se basa en la fuerza”, dijo Troski en Brest-Litovsk. Así es, en efecto. Si sólo existieran estructuras políticas que no aplicasen la fuerza como medio, entonces habría desaparecido el concepto de “Estado”, dando lugar a lo que solemos llamar “anarquía” en el sentido estricto de la palabra. Por supuesto, la fuerza no es el único medio del Estado ni su único recursos, no cabe duda, pero sí su medio más específico. En nuestra época, precisamente, el Estado tiene una estrecha relación con la violencia. Las diversas instituciones del pasado –empezando por la familia–con consideraban la violencia como un medio absolutamente normal. Hoy, en cambio, deberíamos formularlo así: el Estado es aquella comunidad humana que ejerce (con éxito) el monopolio de la violencia física legítima dentro de un determinado territorio».

Por lo demás, WEBER fue siempre un convencido elitista o, como se dice a veces, “un crítico de la sociedad de masas”; por mucho que se esforzase en acercarse a la socialdemocracia, lo que en realidad le interesaba es que ésta representaba orgánicamente a la aristocracia obrera. Lo que valora en la democracia no es tanto la expresión de la voluntad popular cuanto la astucia que usa para lograr un cierto nivel de control sobre la actividad de las elites.

La teorización weberiana del Estado moderno se inserta en su análisis de las formas de racionalización. Pero lo que caracteriza al Estado moderno es que no usa la violencia al modo brutal de los Estados antiguos; más bien al contrario ha conseguido hacerse indispensable en la vida de los humanos, convirtiéndose en la fuente única de legitimación, gestionando servicios, etc. Lo fascinante de la dominación estatal es que se logra sin una violencia aparente, a través del convencimiento y de mecanismos carismáticos.

DOMINIO, OBEDIENCIA Y LEGITIMIDAD

Los tres mecanismos que pone en marcha la autoridad política son: «dominio», «obediencia» y «legitimidad». Que la sumisión no se consiga por una explícita violencia sino por “adhesión” de los individuos no puede explicarse sin acudir a mecanismos de fascinación por el poder, como los que se mueven en el concepto de “servidumbre voluntaria” de La Boétie. La ritualización del poder, la aceptación de su legitimidad indiscutida, la persuasión, etc., son creencias sin las cuales ningún Estado puede subsistir y que necesita divulgar.

La dominación es una construcción social y, por esto mismo, estudiar los mecanismos de creación de la obediencia o, por mejor decir, de la docilidad resulta imprescindible en cualquier teoría sobre el poder. La relación de fuerzas desiguales (recuérdese que toda acción social es una relación social) tendría que hacer difícil el establecimiento de un “orden” social; y sin embargo el orden social existe porque se han encontrado mecanismos para hacerlo no sólo legítimo sino incluso deseable para los humanos. De aquí que el análisis de las condiciones de producción de la creencia en la legitimidad sea un elemento básico en el trabajo de WEBER. O mejor dicho, lo que llega a mostrar es cómo la dominación se convierte en obediencia y la obediencia engendra legitimidad.

Hay, según la clasificación que estableció WEBER y que hoy es clásica, tres “ideales tipos” de legitimidad y dominación, cada una de las cuales engendra su propio nivel de racionalidad:

· Dominación tradicional
· Dominación carismática
· Dominación racional (o legal-racional)


«Dominación tradicional», es la que reposa en la creencia en el carácter sagrado de las tradiciones y de quienes dominan en su nombre. El orden es sagrado porque proviene de “siempre” y porque “toda la vida” de ha visto y se ha hecho igual. La técnica de gobierno consiste en emmascarar que la tradición es una invención y que el patrimonio base del poder patriarcal se basa en la explotación de los otros miembros de la familia (en el caso de las familias extensas) y en no diferenciar entre patrimonio personal y patrimonio del Estado (caso de las monarquías). Bajo la autoridad patriarcal el Estado es administrado como una finca particular y no puede hablarse con propiedad de ciudadanía.

«Dominación carismática», reposa en la creencia según la cual un individuo posee alguna característica o aptitud que le convierte en “especial”; se fundamenta en líderes que se oponen a la tradición y crean un orden nuevo. Es el tipo de los profetas [en griego “karisma” significa “gracia”]. Tal vez los individuos carismáticos, especialmente vistos de cerca, no resulten especialmente santos ni admirables pero logran provocar admiración, entusiasmo, apasionamiento –incluso de forma desinteresada. Las técnicas mediante las cuales se puede fabricar el carisma dependen de circunstancias históricas –WEBER es de antes de la televisión!– pero es obvio que se trata de una construcción social y que existe una correlación entre carisma y debilidad de las estructuras sociales. En todo caso es obvio que el carisma –tanto el de personas individuales como el de las instituciones– no se hereda, ni se puede transferir. El éxito de un buen político o de un emprendedor está vinculado a la capacidad de usar su carisma para institucionalizar un nuevo orden legal.

El tema del carisma en WEBER ha sido muy discutido, en la medida en que, a través de su discípulo Carl SCHMITT, fue usado para justificar en 1933 las ascensión al poder del Führer. En todo caso, el tipo de carisma que le interesaba no es el totalitario sino el que aparece plebiscitado en un Estado de derecho y sobretodo el “capitán de industria”, verdadero carismático de nuestro tiempo.

«Dominación racional» (“legal-racional”), es la que se da en los Estados modernos, en que legitimidad y legalidad tienden a confundirse, pues, de hecho, el orden procede de una ley –entendida como regla universal, impersonal y abstracta. Es la expresión de la racionalización: formal, basada en procedimientos, previsible, calculable, burocrática... y en este sentido caben aquí no sólo regímenes democráticos, sino el socialismo burocrático. De hecho, incluso lo que él denominó «democracia plebiscitaria de los jefes», es decir, lo que hoy se llama “despotismo managerial” cabría, más o menos, agazapado en este modelo de dominación, en la medida en que se pretende gobernar de una forma tecnocrática, previsible, calculable...

LA BUROCRACIA

La burocracia es para WEBER el pilar fundamental del moderno Estado de derecho, en la medida que permite diferenciar la esfera político-administrativa de otras esferas o niveles (la religión, la economía...). En este sentido cumple un papel racionalizador. Incluso si se defiende que la violencia del Estado es “legítima”, es porque se diferencia claramente de la violencia feudal indiscriminada. Si existe un estado de derecho necesariamente debe existir una burocracia que dé sentido y estructura organizativa a la ley. Esa es la figura del burócrata. Si la ley es abstracta, impersonal e igualitaria, el burócrata debe ser exactamente así también. El burócrata, desligado de todo interés personal, reclutado por un procedimiento objetivo basado en la cualificación y en el mérito es, así, el instrumento eficaz de la ley.

Todos los sistemas organizativos eficaces se basan en la burocracia: el Estado, la empresa e incluso las Iglesias (el sacerdote no deja de ser el burócrata de la fe). Sin burocracia no hay racionalización, ni sociedad basada en la ley. De ahí que el “ethos” burocrático (racionalidad e impersonalidad) impregne las sociedades modernas. La burocratización es «la nueva servidumbre», porque es la servidumbre de la ley.

Pero a juicio de WEBER la burocratización no es sólo algo inevitable en el capitalismo sino que constituye el destino común a todas las sociedades modernas, incluso las de tipo socialista. La «dictadura del funcionario», y no la del proletariado como creían los marxistas, es la que nos acecha en el futuro. Con eso la racionalización del mundo tan vez habrá alcanzado un hito, pero no está claro que lo haya alcanzado la libertad humana. Más bien al contrario.

ÉTICA Y POLÍTICA COMO FORMAS DE TRAGEDIA

Tal vez la obra weberiana que mejor ha resistido el paso del tiempo sea su conferencia LA POLÍTICA COMO PROFESIÓN (1919) donde plantea la contradicción existente entre las diversas éticas posibles en el político. Junto con el cap. III de ECONOMIA Y SOCIEDAD es el texto fundamental para comprender la difícil relación entre ética y política. A diferencia de lo que a veces se ha planteado, WEBER no considera sólo la política como poder desnudo; es y ha de ser un poder basado en valores, en convicciones, en elementos de carisma y de racionalidad.

El título de la conferencia citada es, en alemán POLITIK ALS BERUF y, una vez más, convendría recordar la ambigüedad del término “Beruf” (a la vez vocación y profesión). En la misma expresión del título va incorporada la idea de que los políticos viven “para” la política a la vez que “de” la política. Eso distingue la política moderna de la que se realizaba, por parte de rentistas o de profesionales liberales más o menos ociosos. WEBER defiende que el político debe ser un profesional. En su aspecto de “vocación” toda acción política necesita, e implica, un cierto “carisma”; en su aspecto de “profesión”, en cambio, la política es cada vez una esfera más autónoma, más responsablemente comprometida. Con la sola pasión sin responsabilidad, no se hace política. El político, según una conocida expresión weberiana, debe «domar su alma». La fuerza del político consiste en dejar que los hechos actúen sobre él, en el recogimiento y la calma interior de su alma, procurando lo que denomina «la distancia respecto de los objetos y los hombres», para extraer de ellos las necesarias consecuencias prácticas. Así el buen político, por decirlo con una expresión de Laurent Fleury ejercería su oficio como una “pasión desapasionada”. En LA POLÍTICA COMO PROFESIÓN afirma que:

«Hay tres cualidades que pueden considerarse decisivas para un político: la pasión, el sentido de responsabilidad y la seguridad interna. La pasión concebida como una dedicación realista: una entrega apasionada a la causa, al dios o al demonio que reina sobre ella. No se la puede confundir con esa actitud interna que mi difunto amigo Georg Simmel solía llamar “nerviosismo estéril” y que caracteriza a un determinado tipo de intelectuales».

No puede obviarse que la vocación política tiene en WEBER algo de trágico, en la medida que implica gestión de conflicto y que no podremos nunca liberarnos de ella ni hallar soluciones perfectamente justas. Desde que los hombres viven juntos tienen intereses diversos y algunos de estos intereses se ven inevitablemente sacrificados; de ahí que toda política tenga algo de trágico e, incluso, de nihilista. De la política –como del destino en la tragedia griega–dependemos desde que nacemos. Esa, por cierto, sería también una concepción muy nietzscheana de la actividad política como expresión de la «voluntad de poder», como lucha constante en la que lo que cuenta no es tanto el éxito en la realización de los ideales como la expresión del antagonismo y la lucha por el reconocimiento. Toda política es “lucha” y finalmente “elección” y, en la medida que toda elección es excluyente, tiene un sentido inevitablemente trágico: en toda política habrá siempre vencedores, vencidos y resentimiento. El elemento ético de la política debe, pues, ser estudiado desde una perspectiva correcta, sin ignorar que los pequeños orgullos, las miserias personales y los intereses materiales más evidentes cumplen un papel fundamental.

La política se hace con personas y las personas tienen intereses no siempre justos, ni dignos, ni siquiera decentes. Toda política por pura que pretenda ser, sufre de condicionamientos, dependencias, hipotecas por pagar y necesidades –o necedades– “instrumentales”; no pertenece a ningún reino angélico, sino que a veces resulta “humana, demasiado humana”. En consecuencia una política de ideales, de puras abstracciones dirigidas a imponer el imperio del bien sobre la tierra, sería tal vez una “política ideal” pero resultaría muy poco “real”. Para WEBER, el lugar de la ética está tan alejado del de la utopía como de la pura justificación de los valores sociales, o de los tópicos culturales, de una época. Lo que él llamó «el hombre auténtico» es el que resulta capaz de combinar adecuadamente las dos perspectivas, instrumental y moral, sin negar las contradicciones, a veces trágica, de su situación concreta. Y en éste sentido avisa que:

«Por lo demás el político debe luchar, cada día y cada hora, contra un enemigo muy trivial y demasiado humano: la vanidad común y silvestre, enemiga mortal de toda entrega a una causa y de toda distancia, en este caso concreto de la distancia frente a así mismo».

Rige además en política una trágica «paradoja de las consecuencias: a veces los resultados que se logran resultan perfectamente opuestos a las motivaciones o las intenciones que movieron a la actuación del político. La repercusión incontrolable de ciertos actos, la imposibilidad de prever las circunstancias, la contradicción entre fines y medios, la distancia entre lo soñado y lo logrado, pesan como una losa sobre la acción política. Eso no significa, ni mucho menos, que el político deba prescindir de una “fe”, pero si que deba atemperarla a sus condiciones reales y efectivas de posibilidad. Como dice en LA POLÍTICA COMO PROFESIÓN:

«Uno de los hechos básicos de la historia (...) es la paradójica contradicción que se da con frecuencia, por no decir siempre, entre el resultado final de la ación política y el objetivo originario. Sin embargo este objetivo no debe faltar, pues es él el que da coherencia interna a los actos. El contenido de la causa para la cual el político busca y utiliza el poder es un asunto de fe (...) De lo contrario, nos hallaríamos de hecho ante la maldición de la nulidad y el absurdo humanos, incluso si los éxitos políticos externos fuesen clamorosos».

De ahí que WEBER no crea tener recetas mágicas para actuar éticamente en política. Es más, incluso sucede que: «la ética puede desempeñar un papel nefasto desde el punto de vista moral [práctico]». En su sociología encontraremos, eso sí, una serie de conceptos básicos para la acción política «carisma», «racionalización» y, especialmente, «responsabilidad», pero no una teoría sobre la democracia. Tal vez eso sea achacable a que la democracia no es otra cosa sino el espacio en que la tragedia de la política no se disimula de ninguna manera y se juega en toda su radicalidad. La democracia, finalmente, tiene como esencia la posibilidad de que todas las supuestas “esencias” políticas reconozcan su contingencia.

LA ÉTICA DE WEBER: RESPONSABILIDAD Y CONVICCIÓN

Los conceptos de «responsabilidad» y «convicción» expresan la tragedia de la política en forma eminente en la medida que son los polos en que se mueve la acción política. Ambos extremos se necesitan y se repelen mútuamente. Un político sin convicciones es, sencillamente un oportunista, un profesional de la manipulación y un vendedor de humo. Pero un político sin conciencia de su responsabilidad, perdido en su mundo neurótico de utopías irrealizables, conduce a la derrota segura. Hallar el camino eficaz entre Escila y Caribdis constituye la marca del buen político posibilista y, a la vez, transformador. O en palabras del mismo texto: «La pasión no hace al político si éste no es capaz de convertir la responsabilidad al servicio de la causa en el norte de su actividad política». Y al mismo tiempo:

«Este es, precisamente, el problema: ¿cómo combinar la pasión ardiente y la fría seguridad? La política se hace con la cabeza y no con las otras partes del cuerpo o del alma. Y sin embargo, la entrega a la política sólo puede nacer y nutrirse de la pasión, si no queremos que sea no un juego frívolo e intelectual, sino una auténtica actividad humana. Ese dominio sobre el alma, que caracteriza al político apasionado y que le diferencia del diletante político con su “nerviosismo estéril”, sólo es posible si la persona se acostumbra a mantener la debida distancia en todos los sentidos de la palabra. La “fuerza” de una “personalidad” política implica, en primer lugar, la posesión de esas cualidades».

WEBER opone, pues, dos lógicas políticas que son dos éticas:

· La «ética de la convicción» [Gesinnungsethik] está animada únicamente por la obligación moral y la intransigencia absoluta en el servicio a los principios.

· La «ética de la responsabilidad» [Verantwortungsethik] valora las consecuencias de sus actos y confronta los medios con los fines, las consecuencias y las diversas opciones o posibilidades ante una determinada situación. Es una expresión de racionalidad instrumental, en el sentido que no sólo valora los fines sino los instrumentos para alcanzar determinados fines. Esta racionalidad instrumental «maduramente relexionada» es la que conduce al éxito político.

En definitiva, sería un error de la acción política plantearse exclusivamente la «racionalidad de los valores» para prescindir de lo fundamental: la racionalidad en las herramientas que han de conducir a la realización de estos valores. Hay, pues, en la política una ética implícita que no conocen los partidarios de la pureza, de la ingenuidad evangélica o del doctrinarismo dogmático de cualquier signo. El propio WEBER pone un ejemplo muy conocido a propósito de la imposibilidad de aplicar el “Sermón de la Montaña” cristiano, modelo de ética de la convicción, en una página que culmina así:

«La consecuencia de una ética de la caridad acosmista sería: “No te opongas al mal por la fuerza”. Para el político, en cambio, sólo vale esta otra frase: “debes oponerte al mal por la fuerza pues de lo contrario te harás responsable de su supremacía”. Quien pretenda vivir según la ética del Evangelio, que se abstenga de participar en huelgas, pues son una forma de coacción; sería preferible que se inscribiera en uno de esos sindicatos amarillos».

A MANERA DE CONCLUSIÓN

Leer a WEBER, a menudo desconcierta por su misma erudición y por aquel estilo innecesariamente laberíntico y pesado (que algunos toman por “profundo”) de profesor alemán de hace cien años. Pero, como se ve, por ejemplo, en LA POLÍTICA COMO PROFESIÓN, de vez en cuando WEBER es capaz de concentrar en unas pocas líneas de gran precisión conceptual el núcleo mismo de lo que le preocupa; y a poca experiencia literaria que tenga, su lector nota que en esas pocas líneas, se juega literalmente el todo por el todo prescindiendo de cualquier ambigüedad.

WEBER no es una lectura para adolescentes; exige una cierta madurez y obliga a prescindir de cualquier ingenuidad política... o moral. El supuesto de que la realidad es compleja y de que todas las teorías que se usen para explicarla pueden resultar ambivalentes no debiera olvidarse nunca a la hora de acercarse a su obra. En todo caso conceptos como los que aquí se han expuesto, especialmente en el orden de la metodología de las ciencias sociales y de la teoría política están en la base de la teoría social de los últimos cien años. Caracterizar la religión como inserción de lo extraordinario en la vida ordinaria, proponer esquemas multicausales, elaborar una tipología de los “ethos” de la política, analizar el significado de la responsabilidad, observar los límites del proceso de racionalización... son méritos innegables del pensamiento weberiano y ponen las bases de la sociología contemporánea. Y desde el punto de vista ético parece difícil hacer frente al desafío ecológico y a los cambios en los patrones de valoración moral sin hacer un profundo análisis de lo que hoy significa la «responsabilidad».

APUNTES ELABORADOS A PARTIR DE:

· FLEURY, L : «MAX WEBER», París: PUF, 2001 (1ª reimpresión 2003)

· HENNIS, W : «LA PROBLEMÁTIQUE DE MAX WEBER», París: PUF, 1996

· MARSAL, F : «CONOCER MAX WEBER Y SU OBRA», Barcelona: Dopesa, 1978

· MITZMAN, A : «LA JAULA DE HIERRO: UNA INTERPRETACIÓN HISTÓRICA DE MAX WEBER», Madrid: Alianza Ed., 1969 (diversas reediciones)

... y materiales propios [R.A.]

viernes, noviembre 09, 2007

Metodología de la Teoría Económica

*
Lectura que hace recordar los tipos ideales de Max Weber. No lo menciona, pero los elementos sobre la utilidad de los modelos económicos como idealizaciones de la realidad se acerca mucho a la teoría de Weber.

Verlo en:

http://www2.uah.es/econ/Ensayos/Metodologia.pdf
*

Campo y Método en Economía

Tres grandes elementos en este artículo: el autor, el traductor y el editor. El autor Oscar Lange, reconocido economista que puso en la dimensión de la Ciencia Económica el problema del cálculo económico en el socialismo; el traductor, científico mexicano, para quien no existió Ciencia sin Etica y el Trimestre Económico es ya una leyenda de edición de temas económicos y sociales.

En:

El Campo y Método de la Economía


Oscar Lange

Versión española de Fernando Carmona de la Peña.

En El Trimestre Económico, Número, 58, Fondo de Cultura Económica, México.

I. Contenido de la Economía

La economía es la ciencia que se ocupa de la administración de los recursos escasos en la sociedad humana. Los seres humanos que viven dentro del marco de una civilización histórica dada experimentan diversas necesidades, tales como las de alimentos, vestido, educación, habitación, prestigio social, diversiones y manifestación de sentimientos religiosos, nacionales, políticos y de otra índole. Algunas de las necesidades mencionadas provienen de exigencias biológicas que deben ser satisfechas para conservar la propia vida.

Sin embargo, la mayor parte de estas necesidades son el producto natural de la existencia en una sociedad civilizada y, con frecuencia, provienen de los mismos medios que se emplean para satisfacerlas. Aún más, las necesidades que surgen de las exigencias biológicas adoptan formas especiales que están determinadas por las características de una civilización en particular. Las necesidades pueden satisfacerse mediante el empleo de objetos adecuados denominados bienes; por ejemplo: tierra, carbón, ganado, edificios, barcos, ferrocarriles, maquinaria, existencia de materias primas y mediante servicios tales como transporte, habitación, mano de obra, enseñanza, administración, etc., etc. Los bienes y servicios son los recursos que sirven para satisfacer los deseos humanos. Algunos de estos recursos, el aire por ejemplo, son tan abundantes que todas las necesidades que dependen de ellos pueden ser completamente satisfechas. Otros, sin embargo, como el petróleo o los servicios que proporcionan los seres humanos, existen únicamente en cantidades insuficientes para satisfacer todas las necesidades que dependen de estos recursos. En estas condiciones, decimos que los recursos son escasos.

Cuando los recursos son escasos, ciertas necesidades permanecerán insatisfechas, lo que conduce a los individuos a tomar decisiones que, en función de la organización y las instituciones sociales, determinan las distribución de los recursos escasos entre las diferentes personas, así como su empleo. En otras palabras: los recursos se administran. El estudio de las formas de administrar los recursos escasos es el objeto de la ciencia económica.

La administración de los recursos está influida por las características de la civilización y por la organización e instituciones sociales existentes. Pero esta influencia es doble, ya que las necesidades que se satisfacen con los recursos son, a su vez, el producto del nivel de civilización y del desarrollo histórico de la sociedad. Asimismo, los instrumentos mediante los que se obtienen los recursos escasos se emplean en diversos propósitos, se distribuyen entre diferentes personas y están determinados por la organización social y sus instituciones. Por último, los procedimientos para administrar los recursos escasos están influidos por las formas de propiedad, las instituciones privadas como empresas y bancos; el conocimiento técnico adquirido en institutos de investigación y divulgado a través de la enseñanza, las reglamentaciones de las agencias gubernamentales y, también, por las costumbres y el nivel moral.

En consecuencia, la economía es una ciencia social, o sea que se ocupa de una materia que depende de los niveles y formas de vida en la sociedad humana. Difiere de la sociología, la ciencia de las acciones y relaciones sociales (modelos de acciones sociales repetidas) entre los hombres, por estar interesada en las acciones de los individuos en relación a los recursos escasos que sirven para satisfacer sus necesidades. Estas acciones dependen de las sociales, pero son distintas de ellas. Nosotros las denominaremos acciones económicas.

Si bien es cierto que las acciones económicas dependen de las acciones sociales, ésas, a su vez, pueden influir y aún crear acciones y relaciones sociales. Esta interrelación proporciona materia para un estudio especial, que podríamos denominar sociología económica, o sea la ciencia que se ocupa del efecto que las acciones económicas tienen sobre las acciones y relaciones sociales. Esta ciencia daría lugar a materias como la sociología de las relaciones industriales, la burocracia en las empresas y el sindicalismo. Sin embargo, el presente ensayo se limita a la economía, esto es, al estudio de la acción económica. Esto lleva involucrado un estudio de la influencia de la organización y de las instituciones sociales en las formas y métodos de administración de los recursos escasos.

Como cualquier otra ciencia, la economía no se satisface con un mero conocimiento descriptivo. Trata de encontrar modelos generales de uniformidad en la administración de los recursos escasos.

La posibilidad de establecer tales modelos de uniformidad se basa en dos hechos observados:

1) las acciones humanas, respecto a los recursos escasos, están sujetas a modelos uniformes que se repiten; por ejemplo, la mayor parte de la gente reacciona ante un incremento en sus ingresos, gastando más dinero en bienes y servicios; y

2) dentro de la estructura de una organización social y sus instituciones, las uniformidades en la acción económica de los individuos o de los grupos de individuos, producen ciertas uniformidades en la distribución y en el empleo de los recursos escasos. Siguiendo esta línea de pensamiento puede afirmarse que un incremento en la cantidad de los créditos bancarios concedidos a los hombres de negocios o a las empresas, conduce a éstas, o a aquéllos, a aumentar su demanda de recursos, y esto se traduce en un incremento en la ocupación y/o en los precios.

La rama de la economía que estudia tales modelos de uniformidad y los combina en un sistema coherente, se denomina economía teórica o teoría económica (también análisis económico). Las proposiciones que enuncian estos modelos de uniformidad se conocen como leyes económicas. Las leyes económicas son, como todas las demás leyes científicas, proposiciones condicionales. Aseguran que estos y aquellos sucede regularmente, siempre que sean satisfechas estas y aquellas condiciones (es decir, siempre y cuando tales y cuales observaciones tengan lugar). Ninguna ley científica se cumple cuando sus condiciones previas no se realizan y dato que la administración de los recursos escasos está influida por la organización y las instituciones sociales, éstas formarán parte de las condiciones que determinan las leyes económicas. En consecuencia, las leyes económicas que se cumplen en un tipo de organización social pueden fallar en otro tipo distinto. Por esta razón, la mayor parte de las leyes económicas están "históricamente limitadas" por ciertos tipos de organización e instituciones sociales. Sin embargo, esto no quiere decir que exista una diferencia básica sobre las leyes de la economía (o de las otras ciencias sociales) y las leyes de las ciencias naturales. Estas son también incidentales y dependen de condiciones que están sujetas a cambio.

Las diversas leyes de las ciencias naturales tienen diferentes grados de duración históricas, generalmente bastante mayor que la permanencia de las leyes de la economía, aún cuando no es éste siempre el caso (algunas leyes de la meteorología tienen una menor duración que algunas leyes económicas). La diferencia es solamente de grado. Como todas las leyes científicas, las leyes económicas se establecen con el fin de hacer predicciones seguras sobre el porvenir de las acciones humanas. En economía, las leyes sirven para predecir el resultado de la política; es decir, de la acción de las agencias públicas o privadas en relación con la administración de los recursos escasos. Sin embargo, dichas predicciones son difíciles, debido a las numerosas condiciones que circunscriben la validez de las leyes económicas, y a la dificultad para asegurar si todas ellas se satisfacen en una situación particular. No obstante. algunas predicciones basadas en la ciencia económica han tenido éxito.

La teoría económica no agota el campo de la investigación económica. La economía también estudia y describe las formas y métodos particulares de la administración de los recursos escasos, tal y como han desarrollado en la historia de la sociedad humana; de igual modo, se hacen observaciones que se clasifican e interpretan con la ayuda de las uniformidades establecidas por la teoría económica. Esta investigación provee la materia de la economía aplicada.

La economía aplicada se subdivide en varias partes. La más importante de todas es la historia económica -el estudio de la administración de los recursos escasos en las sociedades humanas del pasado- y la economía institucional, es decir, el estudio de la influencia de ciertas instituciones sociales en la administración de los recursos escasos.

Como ejemplo de problemas que caen dentro de este campo de estudio, podemos citar el efecto de las asociaciones comerciales sobre los precios, la calidad y la producción de bienes, o el efecto de los cultivos colectivos sobre la eficiencia de la producción.

La teoría económica ordena los modelos de uniformidad en un sistema coherente. Esto se logra mediante la presentación de las leyes económicas como un grupo de proposiciones deductivas, derivadas por las reglas de la lógica (y de las matemáticas) de unas cuantas proposiciones básicas. Estas proposiciones básicas se denominan supuestos o postulados y las proposiciones derivadas se conocen como teoremas. En esta forma, la teoría económica aparece (como todas las demás ciencias teóricas) como una ciencia deductiva. Sin embargo, esto no la convierte en una rama de las matemáticas puras o de la lógica. Como las demás ramas de a economía, la teoría económica es una ciencia empírica. Sus supuestos y postulados corresponden, aproximadamente, a la generalización de observaciones empíricas; por ejemplo, el supuesto de que las empresas privadas actúan de tal manera que su fin último es obtener la máxima utilidad monetaria. Algunos errores de apreciación (por ejemplo, ciertas consideraciones, como el factor seguridad, que pueden desviar los propósitos de las empresas de obtener el máximo de utilidades), son aceptados a fin de lograr mayor simplicidad. En cambio, los teoremas están sujetos a comprobación mediante la observación empírica. Un grupo de teoremas deductivos, sujetos a la prueba de la experiencia, se conoce también como teoría, hipótesis o modelo. Por lo anterior, podemos decir, que la teoría económica proporciona hipótesis a modelos basados en la generalización de las observaciones y sujetos a comprobación empírica.

Mientras que los supuestos (postulados) que sirven de base a un modelo son únicamente aproximativos, los teoremas no corresponden directamente a los resultados de la observación empírica. Con el fin de establecer esta relación, deben proporcionarse procedimientos especiales. Primero, los conceptos empleados en los modelos teóricos no son representaciones adecuadas de la observación. Por ejemplo, un modelo teórico habla "del precio" de un bien concreto, pero la experiencia falla al no producir nada que se parezca a dicho "bien" concreto y a su "precio". Hay cientos de grados de calidad y miles de vendedores que fijan cada uno un precio diferente. En este caso, la experiencia es mucho más rica que lo que pueda decirse con el lenguaje de la ciencia. Con el propósito de cubrir el vacío existente entre los conceptos teóricos y la observación empírica, es necesario tener un procedimiento de identificación, el que contiene reglas que establecen una relación entre los dos. Dichos procedimientos tienen que ser proporcionados por las diferentes ramas de la economía aplicada. Aún más, los teoremas de la teoría económica nunca nacen exactamente de la observación práctica. Cuando más únicamente lo hacen "aproximadamente". De este hecho surge la pregunta siguiente: hasta dónde se considerará como un grado aceptable de aproximación, que nos incline a aceptar una hipótesis como "cierta", y qué grado de aproximación debe juzgarse como insuficiente, haciéndonos rechazar la hipótesis por "incompatible con los hechos". Esta pregunta sólo puede contestarse mediante un procedimiento de verificación (comprobación) que establezca ciertas reglas de acuerdo con las cuales las hipótesis se aceptan como "empíricamente verificadas) o se rechazan por "empíricamente no verificadas" o "refutadas empíricamente". Una rama especial de la economía desarrollada recientemente trata de tales procedimientos de verificación. Se le conoce con el nombre de econométrica y se basa en los principios de la estadística matemática.

La administración de los recursos escasos, empíricamente observada, puede valorarse en términos de ciertos objetivos sociales. Dichos objetivos podrán consistir en la satisfacción más adecuada de las necesidades de los individuos, de acuerdo con sus propias preferencia. o en dirigir los recursos escasos hacia ciertos propósitos colectivos: por ejemplo, la industrialización de un país de acuerdo con un plan, como la Unión Soviética, o el éxito en la terminación de la guerra, o la promulgación de ciertas ideas de justicia social o, finalmente, en la combinación de todos estos propósitos. Una vez que estos objetivos sociales se han determinado, las reglas para el empleo de los recursos escasos se encontrarán después de comprobar en dónde son más apropiados para el cumplimiento de tales objetivos. El empleo de los recursos que sigue estas reglas se considera como el empleo "ideal". Las reglas del empleo "ideal" de los recursos proporcionan un modelo mediante el que puede valorarse el empleo actual, en función de la convivencia social.

El empleo de los recursos escasos, empíricamente observado, puede confrontarse con el empleo "ideal" y posteriormente recomendar las medidas para ajustarse al "ideal". Esta actividad proporciona la materia para otra rama de la ciencia económica denominada economía del bienestar (o economía social).

Las reglas que rigen el empleo "ideal" de los recursos escasos son proposiciones que expresan modelos uniformes de acción económica. Si éstas se adoptan, conducen con mayor precisión a los objetivos sociales que se desea. Sin embargo, debe señalarse que estas proposiciones son condicionales, debido a que tienen validez sólo bajo determinados objetivos sociales y ciertas condiciones empíricas. Asimismo, es necesario someterlas a una comprobación empírica (puede suceder en la práctica que un regla que se refiere al empleo "ideal" de los recursos escasos no tenga validez para cierto objetivo social). En consecuencia, las reglas del empleo "ideal" de los recursos deben considerarse como una categoría especial de leyes económicas. Por este motivo, es conveniente incluir la economía del bienestar en la teoría económica, considerándola como una rama suplementaria de esta última.

2. La Objetividad de la Ciencia Económica

Las proposiciones de la ciencia económica tienen validez objetiva. Esto significa que dos o más personas que convienen en obrar de conformidad con las reglas del procedimiento científico, están obligadas a alcanzar las mismas conclusiones. Si empiezan con los mismos supuestos, están obligadas, de acuerdo con las reglas de la lógica, a derivar los mismos teoremas. Si aplican las mismas reglas de identificación y verificación, están obligadas a llegar a un acuerdo respecto a si los teoremas deben ser aceptados como "verdaderos" o rechazados como "no verdaderos" o "falsos". La prueba de la verificación decide si los supuestos son correctos o no. En el último caso, deben reemplazarse por nuevos supuestos que permitan que los teoremas resistan la prueba de la verificación. Por lo tanto, el veredicto final en relación con cualquier proposición de la ciencia económica se basa en el testimonio de los hechos; es decir, de la observación empírica: "la prueba del budín está al comerlo". El veredicto tiene validez objetiva porque los hechos son impersonales en otras palabras, cualquiera puede observarlos.

La validez objetiva de las proposiciones es aplicable también a la economía del bienestar. No es necesario un acuerdo entre las diversas personas acerca de los objetivos sociales que proporcionan la medida para evaluar la economía del bienestar. Distintos grupos sociales o personas pueden desear diversos objetivos sociales, y de hecho, frecuentemente se presenta esta situación. Sin embargo, una vez que se establecen los objetivos y se hacen ciertas suposiciones acerca de las condiciones empíricas, las reglas del empleo "ideal" de los recursos se derivan de las normas de la lógica y se comprueban por los principios de la verificación. Este procedimiento es objetivo; es decir, cualquiera que los aplique debe obtener las mismas conclusiones. La situación puede compararse con la de dos médicos tratando a un paciente. No es preciso la conformidad entre ambos sobre la necesidad del tratamiento. Un médico puede desear curar al paciente, el otro puede desear su muerte (por ejemplo el paciente puede ser judío en el campo de concentración nazi; uno de los médicos puede ser su compañero de prisión que desea ayudarlo, y el otro médico puede ser un nazi actuando bajo la orden de exterminar a los judíos) pero una vez que el objetivo se determina en función del propósito en discusión (por supuesto, alguno de los dos médicos puede rehusarse a actuar de acuerdo con este objetivo) sus proposiciones acerca de si un tratamiento dado es apropiado para el fin en consideración, tiene validez objetiva. El desacuerdo entre ellos puede arreglarse recurriendo al hecho mismo y a las reglas del procedimiento científico.

Nuestra conclusión acerca de la objetividad de la ciencia económica puede parecer sorprendente. Los economistas se destacan por su incapacidad para llegar a un acuerdo y por encontrarse divididos en "escuelas de pensamiento" opuestas; "ortodoxas" y "heterodoxa"; "burguesa" y "socialista", y muchas otras más. Sin embargo, la existencia de un profundo desacuerdo entre los economistas no refuta nuestra tesis acerca de la objetividad de la economía como ciencia. El origen de todos los desacuerdos puede encontrarse en una o más de las fuentes siguientes:

1) Desacuerdo acerca de los objetivos sociales. Es esta la fuente más frecuente de desacuerdo, pero esta inconformidad actúa como tal únicamente mientras es implícita y no reconocida. Si los objetivos sociales son propuestos explícitamente, el desacuerdo desaparece. Para cualquier grupo dado de objetivos sociales y suposiciones en cuanto a las condiciones empíricas, las conclusiones surgen con validez objetiva mediante la aplicación de las reglas de la lógica y de la verificación.

2) Desacuerdo acerca de los hechos. Desacuerdo que puede resolverse mediante una observación adicional y un estudio del material empírico. Sin embargo, frecuentemente los necesarios datos empíricos para resolver el desacuerdo no son asequibles. En tales ocasiones, el hecho permanece en desacuerdo. La conclusión de que las diferencias no puede arreglarse con los datos disponibles, tiene una validez objetiva. El acuerdo puede surgir sin enjuiciarlo.

3) Mal empleo de las reglas de la lógica, de la identificación y de la verificación. Este desacuerdo puede resolverse por la aplicación correcta de estas reglas.
En consecuencia, todos los desacuerdos surgen de la mala aplicación de las reglas del procedimiento científico y puede resolverse mediante la estricta aplicación de las mismas. Sin embargo, los economistas, al igual que otros científicos, no son autómatas que actúan apegándose estrictamente a las reglas del procedimiento científico. Como seres humanos están sujetos a un gran número de influencias, algunas conscientes, las más de ellas subconscientes, pero éstas necesariamente determinan sus conclusiones sustentadas en la literatura económica. Existen influencias sociológicas y psicológicas que en algunas ocasiones son desfavorables y otras favorables a la aplicación del procedimiento científico. La persistencia de los desacuerdos indica que las influencias desfavorables son muy fuertes. Es preciso tener una visión clara, tanto de las influencias desfavorables como de las favorables.

Los economistas, como otros seres humanos, viven a la sombra de las instituciones de una sociedad histórica están sujetos a las características de su civilización. Participan de sus creencias y valores, prejuicios e intereses, horizontes y limitaciones. Dependen para su subsistencia y desarrollo intelectual, de las instituciones de la sociedad en la que viven; por ejemplo, de las universidades, institutos de investigación, editoriales, prensa, gobierno y de las empresas. La mayor parte de estas instituciones tienen otros objetivos más importantes que los de la "libre búsqueda de la verdad", y , sin embargo, también éstas dependen del resto de la sociedad y necesitan hacer sus ajustes y concesiones.

Aún más, los economistas reciben su formación intelectual al mismo tiempo que son miembros de una nación en particular, de una clase social, de un grupo religioso o filosófico, de una tradición política, etc. Todo esto expone a los economistas, y también a los otros científicos, a una multiplicidad de influencias distintas de las reglas del procedimiento científico. Aquellas influencias que son conscientes se reconocen fácilmente y se eliminan si éstas se oponen a la aplicación honrada del procedimiento científico. Aún en este caso numerosas personas pueden optar por limitar su investigación científica a campos "seguros", en los que es reducido el peligro de un conflicto con los intereses y prejuicios dominantes.

Sin embargo, las influencias realmente importantes son aquellas subconscientes. El economista expuesto a ellas desconoce su existencia; las influencias operan a través de procesos de racionalización de los estímulos subconscientes y el resultado es la formación de ideologías, o lo que es lo mismo, de sistemas de creencias que se sostienen, no por su congruencia con el procedimiento científico, sino por la racionalización de motivos subconscientes, ilógicos. Las ideologías no tienen validez objetiva. Convencen solamente a aquellos individuos que participan de los mismo motivos subconscientes y sufren el mismo proceso de racionalización.

El estudio de las ideologías, de las condiciones de su origen e influencias, ha llegado a ser la materia de una disciplina especial: la sociología del conocimiento. Esta disciplina ha aportado valiosas ideas para el conocimiento de las condiciones sociológicas y psicológicas de la investigación científica. Su contribución más importante es el reconocimiento del hecho de que toda producción científica contiene un elemento ideológico. Esto atañe tanto a las ciencias naturales como a las ciencias sociales. La historia de la teoría copérnicana en Astronomía y la teoría de la revolución en Biología nos proporciona un ejemplo. Durante largo tiempo la actitud de los astrónomos y de los biólogos hacia estas teorías fue influida por su actitud general, amistosa u hostil, hacia las doctrinas eclesiásticas dominante, así como por su propia dependencia o libertad de las instituciones eclesiásticas. La historia de la economía está llena de ejemplos de la presencia del elemento ideológico en la ciencia económica. Las etapas más importantes en el desarrollo de la economía no fueron meramente científicas, sino también ideológicas que suscitaron trascendentales consecuencias sociales.

La existencia del elemento ideológico en cada ciencia ha motivado que algunos representantes de la sociología del conocimiento nieguen la validez objetiva de las proposiciones científicas, en particular en el campo de las ciencias sociales. Sin embargo, una conclusión de este género es poco sólida, pues la validez de las proposiciones científicas puede demostrarse en forma objetiva mediante la comprobación de los hechos.

Las predicciones derivadas de las proposiciones científicas pueden tener su origen en las pruebas de la verificación. El resultado es completamente independiente de los motivos humanos, conscientes o subconscientes; dependa sólo de la exactitud del procedimiento científico aplicado al establecer las proposiciones. Los eclipses predichos pueden o no ocurrir, los puentes soportan el peso del tráfico o se caen, los pacientes sanan o mueren, no obstante los motivos personales del astrónomo, del ingeniero o del médico.

Algunas condiciones económicas que conducen a la desocupación o a la inflación, ocurren a pesar de la opinión persona del economista con respecto al sistema capitalista. La validez de las proposiciones científicas no dependen de los motivos humanos; depende por completo de la observación de las reglas del procedimiento científico y, por lo tanto, es objetiva.

El elemento ideológico en la investigación científica no es necesariamente un obstáculo en la obtención de resultados que tienen validez objetiva, pues de lo contrario a la fecha sólo se hubiera logrado un proceso científico muy limitado. El motivo ideológico puede también estimular el desarrollo de las ciencias. En Física y en Química se han hecho descubrimientos gracias al deseo de obtener utilidades o de promover la defensa nacional (en realidad, el desarrollo mismo de estas ciencias se relaciona estrechamente con la industria de nuestro tiempo y los procedimientos de la guerra moderna). La Biología ha sido estimulada por el deseo de evitar la enfermedad y el sufrimiento. Muchas de las contribuciones importantes de las ciencias sociales se deben a la pasión por la justicia y el mejoramiento social. Precisamente, los descubrimientos de la economía fueron impulsados ideológicamente por los deseos de libertad y justicia, así como por los intereses de la clase media industrial. El progreso de la economía institucional tuvo su motivo ideológico en el deseo de justicia y mejoramiento de la clase trabajadora.

Parece que existe alguna relación entre la naturaleza de los motivos y su influencia favorable o desfavorable sobre el desarrollo de la economía y de las otras ciencias sociales. Motivos "conservadores", es decir, motivos derivados del deseo de mantener las instituciones sociales y los niveles de civilización establecidos, tienden a ser desfavorables; en tanto que los motivos "progresistas", originados del deseo de cambiar y mejorar las instituciones social y los niveles de civilización, tienden a favorecer la obtención de resultados científicos válidos en el campo de las ciencias sociales. El deseo de cambio y superación, ya sea consciente o subconsciente, despierta la inquietud intelectual que posteriormente se traduce en la investigación científica de la sociedad humana.

3. Las unidades de la decisión económica y su coordinación

La administración de los recursos escasos, o lo que es lo mismo, la actividad económica, se lleva a cabo por diversos tipos de unidades: los individuos, las familias, las empresas y las agencias gubernamentales. Cada una de estas unidades dispone de ciertos recursos y toma decisiones para emplearlos. Las llamaremos unidades de la decisión económica (o de la actividad económica).

Generalmente se distinguen tres formas de empleo de los recursos: 1) El consumo, o sea el empleo de los recursos para la satisfacción directa de las necesidades; 2) la producción, o se la preparación y adaptación de los recursos para la satisfacción de las necesidades, mediante actos como los de analizar cambios cualitativos, ya sean físicos, químicos o biológicos; el transporte de bienes de un sitio a otro y su almacenamiento para uso futuro, y 3) el cambio, o sea el empleo de los recursos para obtener con ellos los recursos de otras unidades de a decisión económica.

Consecuentemente, las unidades de la decisión económica frecuentemente se clasifican en consumidores y productores, respectivamente. Sin embargo, estas categorías no son, necesariamente, diferentes, por una misma unidad es, frecuentemente, consumidora y productora al mismo tiempo (por ejemplo, una granja). En la sociedad moderna casi todas las unidades participan en el cambio. Pero prácticamente no hay unidades que se limiten sólo al intercambio, pues, por ejemplo, el comercio involucra siempre algunos cambios de lugar o alguna forma de almacenamiento de los recursos. Una clasificación más importante es la que se hace de conformidad con los fines que norman las decisiones de las unidades. Sobre esta base se pueden distinguir tes tipos de unidades:

1) Unidad familiar. El objetivo de las decisiones de esta unidad es el consumo, es decir, la satisfacción de las necesidades. La unidad puede dedicarse al intercambio y a la producción, pero estas actividades se llevan a cabo con el propósito de obtener los recursos para la satisfacción de las necesidades de los miembros de la unidad. La unidad familiar se manifiesta en diferentes formas; por ejemplo, como personas individuales, familias, sociedades y aún agencias públicas (por ejemplo, un orfanatorio municipal). Sin embargo, en nuestra sociedad la forma dominante de la unidad familiar es la familia.

2) Empresas. Estas unidades son aquellas que se dedican al intercambio con el propósito fundamental de obtener una utilidad, es decir, la diferencia entre el valor monetario de los recursos vendidos y el valor monetario de los recursos comprados. Prácticamente, las empresas son siempre productoras; se distinguen de otros productores por los fines de su actividad, particularmente la obtención de una utilidad monetaria. Las empresas toman formas diferentes: empresas individuales, sociedades anónimas y también agencias gubernamentales. En la organización económica actual la sociedad anónima es la forma dominante.

3) Servicios públicos. Estas son agencias que operan con el propósito de contribuir al logro de ciertos objetivos sociales (llamados generalmente bienestar público). Las escuelas, hospitales, institutos de investigación, el servicio postal, el ejército y la marina, etc., son ejemplos de servicios públicos. En muchos casos los servicios públicos se llevan a cabo por ciertas agencias del gobierno, nacionales, estatales o locales; sin embargo, existen un buen número de excepciones, por ejemplo, las universidades y los hospitales que pertenecen a una fundación privada. Ciertos servicios públicos se realizan también bajo la dirección conjunta de dos o mas gobiernos o por los gobiernos e instituciones privadas.

Los tres objetivos que sirven de base a esta clasificación pueden siempre distinguirse conceptualmente. En consecuencia, cada una de las unidades de la decisión económica puede considerarse como unidad familiar, o como empresa, o bien como servicio público. En determinadas circunstancias la prosecución de uno de estos fines puede implicar los mismos actos que la prosecución de cualquier otro. De esta manera, un servicio público puede, de conformidad con el objetivo social escogido, funcionar exactamente como una empresa de negocios. En tales ocasiones, es necesario determinar el objetivo real de las decisiones (es decir, el cumplimiento de un objetivo social, o el obtener una utilidad monetaria). Lo anterior puede lograrse haciendo cambiar hipotéticamente las circunstancias, de tal manera que los diferentes objetivos impliquen actos distintos, y descubriendo de estos actos cuáles se llevarán a cabo. Debe también tomarse en consideración que las personas individuales pueden formar parte de varias unidades de la decisión económica. Por ejemplo, una persona puede formar parte de una unidad familiar y al mismo tiempo de varias empresas de negocios.

Las decisiones de una unidad pueden ser independientes de las decisiones de las otras unidades y no ejercer influencia alguna sobre ellas. Se dice entonces que dicha unidad es una unidad aislada. Las unidades aisladas de la decisión económica son, en consecuencia, las unidades familiares. Sin embargo, en la sociedad moderna las decisiones de las diferentes unidades tienen influencia sobre las decisiones de las otras unidades: son interdependientes.

La totalidad de las unidades interdependientes en la decisión económica se conoce como una economía o sistema económico. Si las decisiones de las diferentes unidades de una economía se van a llevar a cabo, deben ser congruentes con las decisiones de las otras unidades. En consecuencia, puede decirse que la cantidad de recursos que las distintas unidades desean consumir, deberá ser igual a la cantidad que las mismas u otras unidades desean producir; asimismo, la cantidad de recursos que las diversas unidades desean adquirir mediante el intercambio deberá ser igual a la cantidad que las otras unidades desean dar en cambio. En suma, la cantidad total de recursos que las unidades económicas desean consumir deberá ser igual a la cantidad disponible en la economía.

Cuando las decisiones de las diferentes unidades económicas no se interponen con las otras, se dice que la economía está en equilibrio. Ahora bien, cuando la economía no está en equilibrio, es imposible transformar en acciones el total de las decisiones de las unidades. A fin de que la acción llegue a ser posible las decisiones deben coordinarse, es decir, darles congruencia con las otras decisiones.

Existen dos métodos mediante los cuales las decisiones de las diferentes unidades se coordinan.

Uno es la planeación, es decir, la coordinación que hace una autoridad central con suficiente poder para influir sobre las decisiones de las unidades. Son varios los medios que la autoridades planificadora emplea para cumplir con su misión; puede fijar cuotas, es decir, cantidades de recursos que deban producirse, consumirse, comprarse o venderse, por cada unidad. Puede emplear medios más indirectos, como, por ejemplo, los subsidios y los impuestos para impulsar o desalentar ciertas decisiones. Otro método de planificación es la reglamentación, es decir, la imposición de un conjunto de normas que las unidades deben observar en sus decisiones y actos. La autoridad planificadora puede extenderse sobre toda la economía o sobre una sola parte de ella. Asimismo, esta autoridad puede ser pública, por ejemplo, una agencia gubernamental o privada, como, por ejemplo, una asociación comercial o un cártel. Por consiguiente, podemos distinguir entre planificación privada y pública.

El otro método de coordinación es el mercado. Un mercado es un modelo de relaciones regulares y repetidas entre las unidades de la decisión económica. El cambio regular entre un gran número de unidades presupone el empleo de un medio de cambio con aceptación general denominado moneda. De esta manera, las unidades realizan sus transacciones de cambio en dos etapas: compra y venta; venden sus recursos contra moneda y compran con ésta los recursos que desean. La proporción en que la moneda y los recursos se intercambian en el mercado se conoce como el precio.

Reunidas en el mercado las diferentes unidades económicas confrontan sus ofertas y licitaciones, sus ofertas y demandas, contra las de cada una de las otras unidades. Ajustan y reajustan las cantidades que ofrecen y demandan con sus precios, hasta que se obtiene la coordinación de sus decisiones. Mediante la interrelación de las unidades en el mercado, se obtiene el equilibrio en la economía. Esto sucede de modo poco intencional, como resultado indirecto de la prosecución de sus propios motivos individuales por parte de cada una de las unidades (el consumo, la obtención de una utilidad monetaria o el servicio público). En esta forma, el mercado produce automáticamente un resultado equivalente al de la planificación. Esta operación ha sido comparada (por Adam Smith y otros), a la de una mano invisible que realiza la coordinación de las diferentes decisiones autónomas de dichas unidades aisladas. Sin embargo, no todos los mercados son capaces de producir dicha coordinación, ni la coordinación obtenida es siempre consistente con los objetivos sociales aceptados. En tales casos, se emplea la planeación, ya sea para obtener la coordinación que no ha sido posible corregir o bien para corregir la coordinación producida por la "mano invisible" del mercado.

La planeación y la función del mercado no se excluyen. La planeación puede utilizar la uniformidad de los patrones de las unidades económicas operando en el mercado, como uno de los medios de influir sus decisiones. Esto sucede, por ejemplo, cuando la autoridad planificadora impone tarifas o paga subsidios con el fin de influir sobre las cantidades compradas y vendidas. Algunas veces la reglamentación -un método especial de la planeación- es necesaria a fin de capacitar al mercado para lograr la coordinación de las decisiones de las unidades. Estos dos métodos de coordinación pueden coexistir. Sin embargo, en las diferentes sociedades históricas, uno u otro de estos métodos desempeñan el papel más importante y aparece como el medio principal en la coordinación de todas las unidades en la economía. El desarrollo de la economía como ciencia está estrechamente relacionado con la creciente importación del mercado en el tiempos modernos. La función coordinadora del mercado y, algunas veces, la incapacidad del mercado para obtener la coordinación de las decisiones ha suscitado los problemas intelectuales que han originado el nacimiento y desarrollo de la ciencia económica.

4. El Capitalismo y otras formas de organización económica

La historia de la sociedad humana nos coloca frente a diferentes formas de organización de la administración de los recursos escasos. De todas las formas de la actividad económica, es a la producción a la que el hombre dedica la mayor parte de su tiempo y atención. No obstante, clasificaremos las formas de la organización económica de acuerdo con las unidades de la sociedad económica que dominan en la ejecución de la producción. En los tiempos antiguos, casi toda la producción se realizaba por unidades familiares y la administración de los recursos se llevaba a cabo por unidades aisladas. Esta forma de organización económica se conoce generalmente como economía familiar. El desarrollo en la interdependencia de la unidad familiar mediante el cambio de bienes y servicios, condujo a la formación de la empresa como la unidad de producción dominante en la economía. Actualmente, en la mayor parte de los países adelantados, las empresas producen la totalidad de los bienes existentes.

Las empresas tienen como objetivo una sola magnitud, denominada utilidad monetaria. En esto difieren de la unidad familiar y de los servicios públicos. Una unidad familiar desea satisfacer varias necesidades, sin perseguir meramente una sola magnitud como fin. Pueden hacerse consideraciones semejantes, en cuanto a los servicios públicos. Ahora bien, como las empresas tienen como fin un solo objetivo, procuran que éste tenga el máximo valor. En otras palabras: buscando la utilidad monetaria como fin, una empresa trata de obtener el máximo. Utiliza los recursos a su disposición -el capital- de tal modo que le proporcionen la mayor utilidad monetaria posible. Una economía en la que toda o la mayor parte de la producción posible se realiza por empresas, se denomina economía capitalista y la organización económica que encomienda la producción a las empresas se llama capitalismo. En el actual régimen económico, la mayor parte de las empresas son de propiedad privada (es decir, son empresas privadas). Sin embargo, es posible imaginar una organización económica en la que la producción está a cargo de empresas de propiedad pública y que, a su vez, persiguen una utilidad. Para denotar a una organización de este tipo usaremos el término capitalismo de estado.

Con fines de distinción podemos describir nuestra organización actual como capitalismo privado. La distinción entre una empresa privada y una empresa de propiedad pública que tiende a obtener una utilidad monetaria y que funciona como empresa privada, no tiene importancia para la teoría económica; sin embargo, puede tener significación desde el punto de vista de la sociología o de la ciencia política.

La prosecución de una utilidad monetaria implica la participación en el cambio. Las empresas generalmente compran y venden recursos. Por lo tanto, el mercado es una parte integral de la economía capitalista. En realidad, es el método principal mediante el cual las diversas unidades de decisión en la economía capitalista se coordinan. Sin embargo, la planeación no debe excluirse como un método de coordinación en el sistema capitalista. Esta desempeñó un papel importante en el capitalismo incipiente (por ejemplo, la política mercantilista), y su importancia aumenta constantemente en la economía capitalista actual.

No es suficiente la existencia del mercado para que una economía sea capitalista; por ejemplo, existe un mercado en una organización económica en la que la producción se lleva a cabo por unidades familiares que cambian regularmente parte de sus productos. Para que una economía sea capitalista, de acuerdo con nuestra definición, la utilidad monetaria debe ser el único objetivo de las unidades dedicadas a la producción. Lo anterior excluye a una economía en la que la satisfacción de las necesidades compite con el objetivo de obtener una utilidad monetaria. Un artesano puede rechazar la oportunidad de obtener una utilidad monetaria adicional, porque no compensa el esfuerzo requerido o porque prefiere dedicar su tiempo a la satisfacción de necesidades específicas, tales como las de compañía, entretenimiento, etc. Un agricultor puede dejar de obtener mayor utilidad porque prefiere consumir parte de sus productos en lugar de venderlos. A fin de que la unidad productora busque la utilidad monetaria como único fin, deberá estar separada por completo del propietario (o propietarios) de la unidad familiar y, además, todos los servicios de las personas empleadas en la unidad deberán haber sido comprados en el mercado.
La condición de que todos los servicios de las personas empleadas por la unidad productora sean comprados en el mercado significa que estas personas no son propietarias de la empresa. Estas deben ser trabajadores pagados con sueldos o salarios, o bien esclavos comprados por la empresa. En la antigüedad las empresas que funcionaban con los servicios prestados por esclavos representaban un papel importante. No obstante, algunos autores hablan del capitalismo en la Grecia y en la Roma antiguas. Sin embargo, en los tiempos modernos, las empresas emplean los servicios de trabajadores libres que ganan sueldos y salarios. La existencia de una clase obrera que trabaja por sueldos y salarios proporciona al capitalismo caracteres sociológicos especiales. Por este motivo, el capitalismo, como una forma de organización económica, es sujeto de estudio de la economía sociológica y de la ciencia económica.

Como han sido definidas las empresas no son sino representaciones aproximadas de ciertas unidades de la decisión económica que se encuentra en la práctica. Aunque en la economía actual la utilidad monetaria es el objetivo principal de muchas de las unidades encargadas de la producción, coexistente algunos otros objetivos. Se encuentran, por ejemplo, entre estos otros fines la posición social, el deseo de una "vida pacífica", las obligaciones sociales y, el más importante de todos, el deseo de seguridad, es decir, aversión hacia las decisiones que signifiquen un riesgo.

Estrictamente hablando, las unidades empíricas llamadas "firmas" o "empresas" son unidades familiares que desean satisfacer estas necesidades específicas al mismo tiempo que la obtención de una utilidad monetaria y aún están dispuestas a sacrificar una parte de su utilidad monetaria a fin de lograr los otros fines. Sin embargo, los deseos de obtener una utilidad monetaria dominan sobre los otros propósitos lo que hace que las unidades mencionadas concuerden aproximadamente con nuestro concepto teórico de empresa. El grado de aproximación entre la concepción teórica y su contrapartida práctica, justifica la suposición de que las unidades dedicadas a la producción persiguen, como único objetivo, la utilidad monetaria, de manera tal que lo anterior significa una útil simplificación del análisis. Las consecuencias derivadas de la presencia de los otros fines pueden considerase en una etapa posterior de este trabajo. Sin embargo, el deseo de seguridad puede tener una preeminencia tal, que en algunas ocasiones es necesario introducirlo desde el principio del análisis de la empresa. Lo anterior puede lograrse volviendo a definir a la empresa como aquella unidad que persigue como único fin la utilidad, "descontando el riesgo". La presencia de un deseo de seguridad entre las empresas se considerará compatible con el carácter capitalista de la economía.
Otra forma de organización económica a considerar es el socialismo. Esta es una organización económica en donde la producción se lleva a cabo por medio de servicios públicos que funcionan para satisfacer las necesidades de la comunidad.

El socialismo es el objetivo de importantes movimientos sociales y políticos en diversos países, por ejemplo, el Partido Laborista en la Gran Bretaña y en algunos de sus Dominios, la Federación Cooperativa del Commonwealth en Canadá y los movimientos socialistas y comunistas en países de Europa. Un país, la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas, ha establecido una economía socialista. En una economía de esta naturaleza, la producción es una responsabilidad pública, no privada. Sin embargo, las unidades de la decisión económica que llevan a cuestas la producción no deberán ser necesariamente propiedad del gobierno central, ni estar operadas por el mismo. Pueden ser propiedad y estar dirigidas por ramas de los gobiernos locales, por asociaciones de ciudadanos tales como las cooperativas, las uniones o las granjas colectivas, por corporaciones de servicio público especiales y por fundaciones. Puede haber también una considerable descentralización de las unidades de la decisión en una economía socialista. Sin embargo, todas estas unidades deberán ser de servicio público, o lo que es lo mismo, deberán funcionar para la satisfacción de las necesidades de la comunidad como un todo, y no como miembros de la unidad.

En un principio, la coordinación de las decisiones de las diferentes unidades puede efectuarse ya sea por la planeación o bien por el mercado. En la práctica, ambos métodos demuestran ser necesarios, de manera semejante que bajo el capitalismo. Sin embargo, muchos socialistas asignan a la planeación un papel más importante en el socialismo que en el capitalismo. En la U.R.S.S. la planeación sirve como el método básico de coordinación entre las unidades productoras, y el mercado desempeña un papel en la coordinación de las decisiones de las unidades familiares, con las decisiones de las unidades productoras. Si el socialismo se adopta en más países, las economías socialistas en las diferentes naciones diferirán en forma considerable en cuanto a los tipos de unidades productoras; su grado de centralización, así como en la importancia relativa de la planeación y del mercado como método de coordinación, de la misma manera que la economía capitalista difiere de país en país y en las diferentes etapas históricas.

Rara vez la historia nos enfrenta con una organización económica que corresponde exactamente a nuestras clasificaciones teóricas. En la mayoría de los casos, la producción se lleva a cabo por los tres tipos de unidades de la decisión económica: la unidad familiar, las empresas y los servicios públicos. Actualmente, en los Estados Unidos, las unidades familiares, junto con las pequeñas granjas o los artesanos, los servicios públicos, las plantas de energía de propiedad pública y los servicios de transporte, participan en la producción al lado de las empresas. Elementos de una encomienda natural y de una economía socialista coexisten con aquéllos de una economía capitalista. Pero uno de los tres tipos (por ejemplo), las empresas en los Estados Unidos) puede dominar de tal modo (en términos de la cantidad de recursos a la disposición de las unidades de este tipo) que la economía pueda conceptuarse como natural, capitalista o socialista. Para fines de análisis teórico, nos olvidaremos de los otros elementos y los introduciremos en una etapa posterior. Dicho procedimiento se denomina en algunas ocasiones construcción de "tipos ideales" de organización económica. La teoría económica puede entonces ocuparse de la descripción del funcionamiento de tales economías "típicas", es decir, la economía del capitalismo o la economía del socialismo. Sin embargo, en muchos casos esto no puede ser posible, debido a que varios tipos de unidades de decisión económica son igualmente importantes en el producción o, aunque un tipo domine, algún otro es lo suficientemente importante para que no deba relegarse, aún en una primera aproximación. Por ejemplo, en muchos países de Europa la gran industria y las grandes empresas financieras funcionan como servicios públicos, mientras que las industrias de tipo medio y pequeño funcionan como empresas privadas; además, la agricultura frecuentemente funciona en la forma de unidades familiares que cambian en el mercado sólo una parte reducida de sus productos. En tal caso, hablamos de una economía mixta.

Se presenta un ejemplo de economía máxima cuando el gobierno encarga la producción a las empresas privadas (o algunas veces a unidades familiares), o bien la realiza a través de servicios públicos. La decisión debe basarse tomando en consideración cuál de estas formas de producción permite contribuir mejor a la satisfacción de las necesidades de la comunidad. A lo anterior puede llamársele una economía de servicios, porque la producción se asigna a la unidad que sirve mejor al propósito social, pero puede considerarse como una categoría especial de economía socialista. El propósito de la producción es fundamentalmente la satisfacción de las necesidades de la comunidad. La producción se delega a las empresas privadas únicamente si ellas la llevan a cabo con más eficacia o, por lo menos, de la misma manera que las agencias públicas. En una economía de este tipo las empresas privadas pueden considerarse como una clase especial de servicios públicos, en las que los administradores son remunerados permitiéndoles cualquiera utilidad monetaria que puedan hacer. Aún más, en una economía de servicios, el gobierno debe tener el poder para decidir en cada caso si una empresa privada, o una agencia pública, será la que tenga a su cargo la producción. Lo anterior presupone una integración del poder político semejante a la de una economía socialista. La economía de servicio, considerada como socialismo, más que un "tipo ideal" que excluye las diversas formas de empresas privadas, es el objetivo de los movimientos socialistas contemporáneos. Los programas políticos de los partidos socialistas y comunistas están claramente de acuerdo en que las empresas privadas continúen funcionando bajo el socialismo en forma de pequeñas unidades económicas de producción y de cambio. Este hecho proporciona, por lo tanto, un tema importante de estudio para la ciencia económica.

5. El Postulado de racionalidad

Hemos visto que la prosecución por parte de las empresas de una sola magnitud como fin, implica el deseo de obtener un máximo. Si una unidad económica que tiende a lograr una utilidad monetaria no busca el máximo de esa utilidad, necesariamente debe estar interesada en alcanzar otros objetivos adicionales, es decir, estaría dispuesta a sacrificar una parte de su utilidad monetaria por el cumplimiento de algún otro objetivo. En consecuencia, surge la diferencia esencial entre las empresas y las unidades familiares. Las empresas persiguen un propósito único, una magnitud que desean llevar al máximo; en cambio, las unidades familiares están conectadas con la satisfacción de muchas necesidades distintas, se encuentran frente a una multiplicidad de fines. Sin embargo, como los recursos son escasos, cada necesidad deberá compararse con cada una de las otras necesidades y las decisiones deberán hacerse en cuanto a cuáles necesidades se satisfarán y en qué grado y posteriormente los recursos deberán distribuirse de acuerdo con el resultado. Lo dicho lleva implícito la existencia de preferencias dadas que guían a la unidad familiar a desear una distribución más que otra. Debemos ahora preguntar si estas preferencias pueden ordenarse de manera jerarquizada. Cuando lo anterior es posible, puede interpretarse que la unidad familiar persigue un objetivo único, es decir, la distribución racional de los recursos entre sus diferentes necesidades, o sea que las necesidades más importantes tendrán prioridad en la distribución de los recursos. En este caso, la unidad familiar aparece como llevando al máximo una magnitud. Llamaremos utilidad a esta magnitud. En este caso, las decisiones de la unidad familiar se interpretan de una manera semejante a las de las empresas, es decir, como resultantes de la búsqueda de un solo objetivo.

La posibilidad de interpretar las decisiones de las unidades familiares de manera semejante a las decisiones de las empresas sugiere la adopción de un postulado general que cubra ambos casos. Lo llamaremos el postulado de racionalidad. Se dice que la unidad de la decisión económica actúa racionalmente cuando su fin es elevar al máximo una magnitud. De este modo las empresas actúan racionalmente, por definición, mientras que las unidades familiares actúan en esta forma únicamente cuando la distribución preferida de sus recursos, entre sus diferentes necesidades, puede ordenarse en una escala. El postulado de racionalidad es la suposición de que todas las unidades de la decisión económica actúan racionalmente. Esta suposición nos proporciona el instrumento más poderoso para simplificar el análisis teórico, pues, si una unidad de decisión actúa racionalmente, sus decisiones en cualquier situación dada puede prevenirse por la simple aplicación de las reglas de la lógica (y de las matemáticas). A falta de la acción racional tal predicción podría únicamente hacerse después de un cuidadoso estudio empírico de las uniformidades de los modelos de decisión de la unidad. Para una unidad que actúa racionalmente, estas uniformidades o leyes pueden deducirse inmediatamente por la lógica, y sus decisiones prevenirse consecuentemente. De esta manera el postulado de racionalidad es un método abreviado para el descubrimiento de las leyes que gobiernan las decisiones de las unidades y para la predicción de sus actos bajo circunstancias dadas.

Si bien este es un método abreviado, instituido para evitar la elaboración de una investigación empírica, a pesar de todo, el postulado de racionalidad es sólo una suposición empírica. Es una hipótesis que, en cada caso, debe verificarse confrontando las deducciones lógicas obtenidas del postulado, con las observaciones de la experiencia. El empleo del postulado se justifica únicamente cuando las deducciones lógicas están de acuerdo con los resultados de la observación empírica, con un grado aceptable de aproximación. De otra manera, el postulado nos conduciría a hacer predicciones, que surgen de los hechos observados. Lo anterior necesita enfatizarse porque algunos economistas creen que el postulado de racionalidad puede usarse como un principio a priori, no sujeto a la verificación empírica. Sin embargo, en tal caso, las conclusiones derivadas del postulado de racionalidad podrán no tener tampoco ninguna importancia práctica. La teoría económica podría llegar a ser una rama de la lógica pura o de las matemáticas, sin implicaciones prácticas. Si las leyes deducidas del postulado de racionalidad van a servir de fundamento para hacer predicciones acerca de las decisiones de las unidades que se encuentran en la práctica, este postulado deberá tratarse como una hipótesis empírica.

La hipótesis de que las unidades actúan racionalmente, es decir, con el fin de obtener la máxima utilidad monetaria se verifica con satisfactoria aproximación en la economía capitalista. Sirve, por lo tanto, como instrumento útil de simplificación en el estudio de esa economía. La situación es más dudosa en relación con la unidad familiar. Aquí, la verificación de la hipótesis es más precaria y debemos esperar discrepancias mayores entre los resultados de la observación empírica y las conclusiones deducidas del postulado de racionalidad. Sin embargo, parece haber alguna diferencia entre el funcionamiento de la unidad familiar en la economía capitalista y las unidades familiares de la economía natural de las sociedades precapitalistas. El dominio de las empresas con el propósito de lograr una magnitud tangible y cuantificable (utilidad monetaria), ha creado el hábito mental de considerar a toda clase de decisiones como la búsqueda de un objetivo único, expresado en la forma de una magnitud. Algunos autores llaman a este hábito mental el "espíritu del capitalismo". Este espíritu del capitalismo se desenvuelve al lado de las decisiones específicas de las empresas y afecta a las formas de operación de todas las unidades, incluyendo la familia. Bajo la influencia del hábito mental mencionado, las unidades familiares tienden a ordenar sus preferencias en una escala, es decir, a llevar al máximo la utilidad. Por lo tanto, en la economía capitalista, las decisiones de las unidades familiares tienen mayor posibilidad para poner de acuerdo las deducciones derivadas del postulado de racionalidad, que en las sociedades que procedieron al capitalismo moderno.

Los servicios públicos actúan racionalmente si el objetivo social que persiguen puede expresarse como una sola magnitud, que se desea elevar al máximo. La magnitud se llama en este caso bienestar público. El bienestar público existe como una magnitud cuando la comunidad, o más exactamente las agencias de la comunidad responsables de la decisión, tienen preferencias respecto a la distribución de los recursos entre los miembros de la comunidad, así como en relación a la distribución de los recursos entre las diversas necesidades de cada miembro, y aún más, cuando estas preferencias pueden ordenarse jerárquicamente. En este caso, las decisiones de los servicios públicos en cualquier situación dada pueden deducirse por las reglas de la lógica del postulado de racionalidad. Sin embargo, existe otra forma por la cual el postulado de racionalidad es útil en el estudio de los servicios públicos.

En vez de aceptarlo como una hipótesis empírica podemos considerar la congruencia entre los servicios públicos y el postulado de racionalidad como objetivo social. En otras palabras, podemos ordenar un grupo escogido de preferencias jerarquizadas, es decir, algún concepto de bienestar público, como nuestro (es decir, de los estudiosos) objetivo social, y exigir que todos los servicios públicos se guíen por este fin como norma. Lo anterior nos conduce a las reglas del uso "ideal" de los recursos y nos proporciona una base de evaluación crítica de la administración actual de los recursos que hacen los servicios públicos, así como las firmas y las unidades familiares. El postulado de racionalidad llega, pues, a ser la base de la teoría económica del bienestar.

Hay ciertas diferencias entre la racionalidad de las unidades familiares y la de las empresas, y la racionalidad, se (aproximadamente) actual o normativa (como en la economía del bienestar), de los servicios públicos. La primera comprende la búsqueda de un objetivo privado -utilidad o beneficio monetario respectivamente-; la última involucra la búsqueda de un objetivo social, llamado bienestar público o social.

Podemos hablar entonces de racionalidad privada y pública.

La racionalidad privada no excluye necesariamente a la social. Si las preferencias de la comunidad en cuanto a la distribución de los recursos entre las diferentes necesidades de cada miembro coincide con las preferencias individuales de éstos, entonces cada miembro al llevar al máximo su utilidad privada contribuye a la obtención del mayor bienestar público.

Bajo determinadas circunstancias, el hecho de que las firmas eleven al máximo su utilidad monetaria, implica también la obtención del máximo bienestar público. En tales ocasiones, su comportamiento racional particular permite que los miembros de la sociedad actúen como su fuesen servicios públicos; la racionalidad privada supone entonces la racionalidad pública. La existencia de dichas situaciones de énfasis la idea de la economía de servicios. Si todas las empresas estuvieran siempre sujetas a estas condiciones, la economía capitalista podría considerarse como una categoría especial de economía de servicios, en la que se utiliza el expediente de delegar toda la producción a empresas privadas.

Sobre lo cualitativo y lo cuantitativo

Una explicación de estos planteamientos básicos: El hecho de que todo fenómeno, de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento, tiene le...